domingo, 5 de noviembre de 2017

Sir Gawain y Lady Ragnell

La leyenda de Sir Gawain y Lady Ragnell es una de las múltiples historias del universo artúrico que han llegado hasta nosotros, y es sorprendentemente avanzada a su época por la independencia que defiende para las mujeres.
Gawain, sobrino del Rey Arturo estaba con éste y otros caballeros. El rey había vuelto muy turbado de una cacería, y el joven le preguntó qué le había pasado. Estando solo en el bosque, Arturo había sido acosado por un caballero llamado sir Grome, y para salvar su vida tuvo que prometer que acudiría al cabo de un año respondiendo correctamente a la pregunta: “¿Qué es lo que las mujeres desean por encima de todo?”. De no dar con la respuesta acertada, el caballero tendría derecho sobre la vida del rey.
Gawain y los caballeros aseguraron al rey que en ese plazo darían con la respuesta correcta. Durante los siguientes doce meses recorrieron los confines del reino formulando la pregunta a todo tipo de mujeres y anotando las respuestas en un grueso libro. Unas mujeres hablaban de amor verdadero; otras, de hijos; algunas, de riquezas, pero ninguna de las respuestas obtenidas les parecía satisfactoria, así que a medida que la fecha se acercaba, Arturo empezó a desesperar.
Un día salió a cabalgar por el bosque y se topó con una mujer enorme y de un aspecto monstruoso. Asustado, quiso azuzar a su caballo y escapar, pero la mujer le detuvo diciéndole que tenía la respuesta que buscaba y que se la revelaría si él accedía a compensarla. “Soy Lady Ragnell, la hermanastra de sir Gromer, y quiero casarme con uno de tus caballeros: Sir Gawain, pero él tiene que hacerlo por su propia voluntad”.
Arturo se horrorizó con la propuesta, y de regresó al castillo le contó a regañadientes a su sobrino lo que le había sucedido. Éste respondió al instante que se casaría con Lady Ragnell, aunque fuese un demonio, si con eso conseguía salvar la vida del rey. Arturo pudo dar así la respuesta correcta a Sir Gromer: “Lo que las mujeres desean por encima de todo es soberanía sobre sí mismas, ser capaces de decidir”, y a éste no le quedó más remedio que dejarlo libre.
Gawain desposó a la horrible mujer, y la noche de bodas ésta le pidió un beso. Gawain, haciendo acopio de valor, se lo dio, y en el acto, la monstruosa mujer quedó convertida en una bella joven entre sus brazos. Lady Ragnell le dijo que era víctima de un encantamiento de su hermanastro, que la odiaba por desafiarle y no sometérsele. “He tenido que esperar a que un caballero accediese a casarse conmigo por propia voluntad para recobrar mi forma, pero sólo puedo mantenerla la mitad del tiempo, así que ahora tengo que darte a elegir: ¿Prefieres que tenga mi forma monstruosa de noche o de día?”.
Después de pensarlo un momento, Gawain se inclinó ante ella y le dijo que era una decisión que a él no le correspondía tomar, y que aceptaría gustoso lo que ella decidiera. Ragnell sonrío radiante, la respuesta había roto por completo el maleficio, ya que para ello no solo la boda era necesaria, sino también que el esposo le concediera el derecho de ejercer su propia libertad. © Antón Rodicio 2017. 

Wagner y su musa

En mayo de 1853, coincidiendo con su cuarenta cumpleaños, Richard Wagner dirige un concierto en Zurich en el que interpreta fragmentos de algunas de sus obras. Al final, la sala estalla en aclamaciones, y él escribe a su amigo Franz Liszt diciéndole que había puesto toda la fiesta a los pies de una bella mujer. Esa mujer es Mathilde Wesendonck, la esposa de su mecenas Otto Wesendonck, un acaudalado y refinado comerciante de sedas alemán.

Hace nada menos que cinco años que Wagner no compone una sola nota, y de repente la cosa cambia. Mathilde se convierte en su musa y él abandona bruscamente su desierto musical, y en los siete u ocho años siguiente, inspirado por ella, lleva a cabo lo esencial de su obra: El oro del Rhin, La Walkiria, Sigfrido, y sobre todo Tristán e Isolda, una obra de arte excepcional, en la que buscando la forma de expresar el obsesivo y ansioso amor de Tristán e Isolda, es decir, de Richard y Mathilde, Wagner crea una revolucionaria síntesis de sonido que rompe con todo lo establecido en cuestiones de armonía y tonalidad, y marca el inicio de la música moderna.

Finalmente, Minna Planer, la esposa de Wagner, intercepta una de sus cartas de amor a Mathilde y pone la situación patas arriba, y al no querer Mathilde separarse de su marido, los amantes acaban alejándose.

Posteriormente, Wagner se casaría con Cosima Liszt, hija de Franz Liszt y veinticuatro años más joven que él. Y Mathilde escribió, años después, algunas obras de teatro de menor interés literario que autobiográfico, en las que aparece siempre el mismo tipo de mujer: una mujer descontenta, solitaria, incomprendida, desgarrada entre la pasión amorosa y el deber; una mujer que se entrega al supremo sacrificio de renunciar al amor imposible con el fin de cumplir con su destino de esposa y madre. Y también escribió algunos cuentos, y en uno de ellos describe claramente su tentación de dejarlo todo por Wagner y la verdadera razón de su renuncia. Esa razón (suponiendo que el cuento sea en ese punto expresión de sus verdaderos sentimientos, y no una autojustificación) fue la compasión por los suyos. © Antón Rodicio 2017. 

Arte y locura

Hay una estrecha relación entre arte y locura. Es esta: el arte todo lo cura. © Antón Rodicio 2017. 

martes, 4 de julio de 2017

De la ausencia de caminos

Si hay un camino, es el camino de otro, y por tanto no sirve para ti. © Antón Rodicio 2017. 

miércoles, 28 de septiembre de 2016

"Las ruinas de la búsqueda"


Mi poemario "Las ruinas de la búsqueda" ya está publicado y a la venta. Lo edita La Fragua del Trovador, y una forma fácil de comprarlo es a través de la página web de la editorial

domingo, 21 de febrero de 2016

Bronwyn

Un día del verano de 1966, Juan Eduardo Cirlot, poeta, crítico de arte, mitólogo y músico, conocido sobre todo por su "Diccionario de símbolos", vio en un cine de Barcelona salir de las aguas de un pantano a una muchacha celta del año mil, llamada Bronwyn. Unos meses más tarde, vio en otra película (la versión rusa de "Hamlet") a Ofelia muerta entre dos aguas, y de repente se acordó de la Bronwyn, que salía «de las mismas aguas y con las mismas flores». El impacto de la conjunción de las dos imágenes le produjo una conmoción interior que le llevó a dedicar a Bronwyn, «la que renace de las aguas», nada menos que dieciséis libros de poemas y varios artículos en los cinco años siguientes.

En la imaginación de Cirlot, Bronwyn sale del agua para hacer con su señor feudal lo que Hamlet hizo con Ofelia: mientras que Ofelia, rechazada por Hamlet, enloquece y se ahoga en las aguas de un río, Bronwyn sale de esas mismas aguas para que el señor feudal se enamore de ella y acabe perdiendo, por ese motivo, su feudo y su vida. Y dice Cirlot, conmovido, que cuando vio a Bronwyn emergiendo del pantano, «sintió que era Ofelia que volvía, y él hubiera querido ser Hamlet para pedirle perdón».

El rechazo de Hamlet a Ofelia, perturbaba fuertemente, sin duda, al mitólogo barcelonés. Consideraba que era uno de los actos más extraños realizados por un ser humano en la historia literaria, y sólo consiguió explicárselo interpretando (ver Cirlot, "Diccionario de símbolos", voz "Hamlet") el drama de Shakespeare como un mito gnóstico, según el cual la naturaleza arcangélica de Hamlet le conduce a negar a Ofelia, que es la madre misma, la materia, dentro de un mundo maldito a causa del demiurgo, el usurpador del poder del verdadero rey, el Padre.

Uno puede no estar de acuerdo con las ideas de Cirlot (yo, de hecho, no lo estoy en absoluto con esta interpretación, y en un escrito titulado «Hamlet: un hombre devorado por su madre», delineo otra que me parece más apropiada), pero difícilmente podrá no coincidir con una pregunta que al final del prólogo de "Confidencias literarias", selección de alguno de sus textos sobre creación poética, se hace Victoria Cirlot, su hija: «¿Pero  qué tuvo que padecer Cirlot para escribir una poesía como el "Ciclo Bronwyn"?». © Antón Rodicio 2016.

[En la imagen, Bronwyn (Rosemary Forsyth) emerge de las aguas en la película a la que se alude en el texto: "El señor de la guerra" (1965), de Franklin Schaffner].

jueves, 11 de febrero de 2016

De la soledad existencial

Llega un momento en la vida (suele ocurrir en torno a los cuarenta años, por decir una cifra redonda, pero a veces mucho antes) en que uno descubre lo que es la soledad. No importa que uno tenga una buena relación de pareja, tenga hijos, amigos y un buen entorno de trabajo; nada va a eximirle del encuentro con la soledad existencial. Y cuando ese encuentro se produce, caben dos alternativas: escapar o empezar a tratar con uno mismo: con el alma, con el sentido de la vida, con las cosas del espíritu. Dicho de otra manera, mantener el tabú de la muerte (que es el mayor de los tabúes del mundo actual) o abrirse a ella. Si uno escapa (y las creencias, las religiones organizadas, los gurúes y todo ese circo no son sino formas de escapar), la vida, en el sentido auténtico del término, se acaba ahí; puede que la tumba aún esté a décadas de distancia, pero lo único que puede seguir a partir del escape es futilidad, frivolidad, superficialidad, insustancialidad, vacío. La segunda mitad de la vida es en gran medida de preparación para la muerte. Es un camino con espinas, pero sólo por él se puede vivir una vida auténtica. © Antón Rodicio 2016.