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jueves, 12 de marzo de 2020

Julián Gayarre y su mausoleo

Antes de convertirse en el tenor más grande de su época, Julián Gayarre fue pastor en el valle del Roncal y herrero en Lumbier y Pamplona. En esta última ciudad lo escuchó cantar el maestro Hilarión Eslava en 1865 y quedó impresionado. Tanto, que le consiguió una beca para que fuese a Madrid a tallar ese diamante sin pulir que proclamó que era su voz. Tenía Gayarre veintiún años. Durante los tres siguientes estudió en el conservatorio de la capital, y luego, gracias a una ayuda de la Diputación de Navarra, marchó a Italia a completar su formación. Y allí, el 20 de septiembre de 1869, a los cuatro meses escasos de su llegada, se produjo su debut como tenor. Fue en Varese con la ópera de Donizetti «L’elisir d’amore», y fue en unas circunstancias excepcionales. En el transcurso de la representación, unos momentos antes de salir a escena para cantar el aria «Una furtiva lacrima», recibió y leyó un telegrama con la inesperada noticia de la muerte de su madre. Y en esas condiciones cantó. Con las furtivas lágrimas asomando a sus ojos y poniendo en ella todo el sentimiento despertado por la noticia que acababa de recibir, cantó el aria como acaso nadie la había cantado ni nadie volvió a cantarla jamás. El éxito fue clamoroso.

A este triunfo de Varese siguieron otros en diversas ciudades del norte de Italia: Como, Treviso, Parma…, y en los años siguientes el éxito se extendió a toda Europa: Roma, Génova, Sevilla, Bolonia, Padua, Málaga, San Petersburgo, Moscú, Viena… Y así hasta que el 2 de enero de 1876 debutó en el más importante teatro de ópera del mundo en aquel momento: la Scala de Milán. Cantó «La favorita», de Donizetti, y el triunfo fue apoteósico. No sólo de público, sino también de crítica. Filippo Filippi, el gran crítico de la época, escribió al día siguiente que lo que la audiencia milanesa había presenciado no era el debut de un tenor, sino la consagración de un genio del canto.

A partir de ese momento Gayarre fue considerado el primer tenor del mundo. Durante la década siguiente no tuvo rival. Luego, aquejado de recurrentes enfermedades respiratorias, la voz empezó a deteriorársele. Murió en los primeros días de 1890, cuando iba a cumplir cuarenta y cinco años.


Lo que se ve en la imagen es su tumba en el cementerio de Roncal. Impresiona encontrarse con un monumento de esta categoría en el pequeño cementerio de un pueblo pirenaico. Fue encargado por la familia del tenor al escultor valenciano Mariano Benlliure, y expuesto en la Exposición Universal de París de 1900, donde resultó premiado con la medalla de honor de escultura. Según parece, la reina regente María Cristina pretendió que se instalase en Madrid al lado del Teatro Real, pero la familia de Gayarre insistió en trasladarlo a Roncal, a donde llegó en 1901. © Antón Rodicio 2020.

sábado, 1 de febrero de 2020

Construcciones para pensar

Carl Jung no tuvo, como Wittgenstein, Virginia Wolf o Bernard Shaw una “cabaña para pensar”, esto es, una pequeña construcción con cuatro paredes y tejado, apartada del mundanal ruido, a la que retirarse periódicamente para producir desde allí su obra. No, lo de Jung fue un pequeño castillo con cuatro torres, en Bollingen (Suiza), a orillas del lago de Zurich. Empezó con una sola torre de dos pisos, pero posteriormente fue añadiendo paulatinamente tres edificios laterales a la zona central. No había luz eléctrica, el agua había que extraerla manualmente de un pozo y la calefacción era a base de quemar leña en la chimenea, leña que el propio Jung, que vivía allí varios meses al año, se encargaba de cortar. Al igual que a los pensadores de las cabañas, también a Jung le fue esta construcción de vital importancia para su obra, logrando en ella gran parte de su escritura, pintura y escultura. Y en este caso tuvo adicionalmente la función de ser el lugar de encuentro y estancia con sus amantes, en particular con la más duradera de ellas: Toni Wolf. © Antón Rodicio 2020.

[La imagen proviene de algún lugar de Internet]

jueves, 24 de octubre de 2019

Sobre Freud y su mandíbula

Retrato al carbón de Freud realizado por Salvador Dalí en julio de 1938, después de visitarlo en su casa de Londres, donde ya se había exiliado.

Freud padecía desde hacía quince años un cáncer de mandíbula que lo llevaría a la tumba un año después, en septiembre de 1939.

Esa enfermedad cancerosa estuvo siempre bajó un tabú que ninguno de los biógrafos de Freud se atrevió a tocar hasta 2001, año en que Jürg Kollbrunner le dedicó su libro “Freud enfermo” (libro que junto con el de Louis Breger “Freud, el genio y sus sombras”, es el mejor que yo he leído sobre Freud).

Kollbrunner establece un nexo entre el cáncer, que siempre se había atribuido a un fuerte consumo de tabaco, y la ausencia de auténticas relaciones emocionales en la vida del padre del psicoanálisis. Ese dedo de Freud señalando en el dibujo de Dalí hacia la mejilla cancerosa, estaría inconscientemente diciendo, según Kollbrunner: «¡Ved lo que sucede cuando se va por el camino de la represión de todas las pasiones!».
© Antón Rodicio 2019.

martes, 3 de abril de 2018

Incesto, poesía, Trakl

 

¿Qué es la poesía? La poesía, dijo Trakl, es una expiación imperfecta.

Caen en la poesía aquellos que llevan una carga excesiva de instintos y a la vez de sentimientos; los que han estudiado muchas cosas y no saben otro modo de utilizarlas, ni tampoco podrían hacerlo.

La poesía es un centro parcialmente resolutivo de anhelos.

Pero Trakl tuvo una técnica poética, profundamente original, que refunde impresionismo (evocación de sucesos y cosas sin duda vistos, pero asociados sin aparente conexión) y expresionismo (transformación de impulsos en símbolos, imágenes y visiones).

«Susurra la queja en el junco otoñal,
en el estanque azul
muriendo bajo árboles verdeantes
y siguiendo la sombra de la hermana
oscuro amor
de una salvaje estirpe.

Bajo sombríos pinos
dos lobos mezclaron su sangre
en pétreo abrazo».

Este poema, titulado “Pasión”, aún no expresa sentido de culpa, sino más bien extraño orgullo de la estirpe que, en la antigüedad, condujo al incesto sistemático a los faraones egipcios (…). Lo más terrible sucede en un ambiente de absoluta naturalidad. En plena Naturaleza.

[Fragmentos (no consecutivos) del artículo de Juan Eduardo Cirlot “La poesía según Trakl”, que aparece en su libro “Confidencias literarias”, editado por su hija Victoria Cirlot. En la imagen, Grete Trakl, hermana del poeta austríaco.]

domingo, 5 de noviembre de 2017

Wagner y su musa

En mayo de 1853, coincidiendo con su cuarenta cumpleaños, Richard Wagner dirige un concierto en Zurich en el que interpreta fragmentos de algunas de sus obras. Al final, la sala estalla en aclamaciones, y él escribe a su amigo Franz Liszt diciéndole que había puesto toda la fiesta a los pies de una bella mujer. Esa mujer es Mathilde Wesendonck, la esposa de su mecenas Otto Wesendonck, un acaudalado y refinado comerciante de sedas alemán.

Hace nada menos que cinco años que Wagner no compone una sola nota, y de repente la cosa cambia. Mathilde se convierte en su musa y él abandona bruscamente su desierto musical, y en los siete u ocho años siguiente, inspirado por ella, lleva a cabo lo esencial de su obra: El oro del Rhin, La Walkiria, Sigfrido, y sobre todo Tristán e Isolda, una obra de arte excepcional, en la que buscando la forma de expresar el obsesivo y ansioso amor de Tristán e Isolda, es decir, de Richard y Mathilde, Wagner crea una revolucionaria síntesis de sonido que rompe con todo lo establecido en cuestiones de armonía y tonalidad, y marca el inicio de la música moderna.

Finalmente, Minna Planer, la esposa de Wagner, intercepta una de sus cartas de amor a Mathilde y pone la situación patas arriba, y al no querer Mathilde separarse de su marido, los amantes acaban alejándose.

Posteriormente, Wagner se casaría con Cosima Liszt, hija de Franz Liszt y veinticuatro años más joven que él. Y Mathilde escribió, años después, algunas obras de teatro de menor interés literario que autobiográfico, en las que aparece siempre el mismo tipo de mujer: una mujer descontenta, solitaria, incomprendida, desgarrada entre la pasión amorosa y el deber; una mujer que se entrega al supremo sacrificio de renunciar al amor imposible con el fin de cumplir con su destino de esposa y madre. Y también escribió algunos cuentos, y en uno de ellos describe claramente su tentación de dejarlo todo por Wagner y la verdadera razón de su renuncia. Esa razón (suponiendo que el cuento sea en ese punto expresión de sus verdaderos sentimientos, y no una autojustificación) fue la compasión por los suyos. © Antón Rodicio 2017.