La
mitad de los males del mundo tienen su origen en la incapacidad para contemplar
la belleza; la otra mitad, en la incapacidad para escuchar el silencio. © Antón Rodicio
2018.
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jueves, 23 de agosto de 2018
martes, 4 de julio de 2017
De la ausencia de caminos
Si hay un camino, es
el camino de otro, y por tanto no sirve para ti. © Antón Rodicio 2017.
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enseñanzas de la vida,
Pensamientos,
reflexiones
jueves, 11 de febrero de 2016
De la soledad existencial
Llega un momento en la vida (suele ocurrir en torno a los cuarenta años, por decir una cifra redonda, pero a veces mucho antes) en que uno descubre lo que es la soledad. No importa que uno tenga una buena relación de pareja, tenga hijos, amigos y un buen entorno de trabajo; nada va a eximirle del encuentro con la soledad existencial. Y cuando ese encuentro se produce, caben dos alternativas: escapar o empezar a tratar con uno mismo: con el alma, con el sentido de la vida, con las cosas del espíritu. Dicho de otra manera, mantener el tabú de la muerte (que es el mayor de los tabúes del mundo actual) o abrirse a ella. Si uno escapa (y las creencias, las religiones organizadas, los gurúes y todo ese circo no son sino formas de escapar), la vida, en el sentido auténtico del término, se acaba ahí; puede que la tumba aún esté a décadas de distancia, pero lo único que puede seguir a partir del escape es futilidad, frivolidad, superficialidad, insustancialidad, vacío. La segunda mitad de la vida es en gran medida de preparación para la muerte. Es un camino con espinas, pero sólo por él se puede vivir una vida auténtica. © Antón Rodicio 2016.
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De los avatares de la vida,
reflexiones
jueves, 8 de enero de 2015
Perfección y excelencia
El creador debe huir de la idea de perfección, pero ha de adherirse con todas sus fuerzas a la idea de excelencia. La perfección es el pernicioso intento de que lo creado se adecúe a una idea preconcebida de cómo las cosas deben ser. Esa idea es nefasta, porque suprime en aquello que quiere llegar a ser lo que no casa con tales ideas. Por eso lo perfecto es siempre incompleto. La excelencia, en cambio, es no conformarse con un ápice menos de todo lo que uno pueda ser capaz de captar de aquello que está pretendiendo nacer; no ahorrar esfuerzos en explorar una y otra vez, en vaciar su mente lo más posible (para dejar todo el espacio disponible a aquello que está viniendo al mundo a través de uno), en intentarlo una y otra vez (por si algún aspecto aún no se ha manifestado completamente) hasta estar seguro (instintivamente seguro, no racionalmente, porque la razón aquí no debe jugar ningún papel) de que aquello que quería salir a la luz lo ha hecho en su totalidad. © Antón Rodicio 2015.
jueves, 28 de agosto de 2014
El por qué del creador
El creador crea para escapar de una situación insoportable que está continuamente acechándole: la que describe el cuarto monólogo de Hamlet, en la cual ni es posible vivir ni es posible suicidarse. © Antón Rodicio 2014.
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enseñanzas de la vida,
reflexiones
jueves, 3 de abril de 2014
Aficionados, profesionales, artistas...
El aficionado puede dejar las cosas a medio hacer, abandonándolas, para intentar otras más fáciles o más divertidas, cada vez que le resulten demasiado complicadas o dejen de entretenerle. El profesional no puede no hacerlas, y las hace de un modo u otro. El perfeccionista tiene ideas preconcebidas, y por lo general rígidas, de lo que las cosas deben ser, y las hace de acuerdo con esas ideas; suele eternizarse en ello, pero si llega a acabarlas, lo que resulta es siempre incompleto, pues todos los aspectos de las cosas que no casaba con las ideas se han suprimido. El artista busca la excelencia, pero no impone nada; simplemente respeta la voluntad de las cosas y les ayuda a ser lo que quieren ser. © Antón Rodicio 2014.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Los enemigos de la creatividad
Tres son los más acérrimos enemigos de la creatividad: el huracán de la ambición, la lacra de una baja autoestima y la cobardía de no ser capaz de abrirse a los demás. © Antón Rodicio 2013
viernes, 7 de septiembre de 2012
Creatividad y vulnerabilidad
No es difícil herirme, pero no levanto muros para evitar las heridas. Porque descubrí hace tiempo que en la vulnerabilidad está la clave de la creatividad. Detrás de cada muro levantado para hacerse invulnerable en algún aspecto, una parte del alma se marchita, se osifica y se muere. Es preferible arriesgarse a las heridas, a los temores y a las inseguridades, pues todo eso quedará sobradamente compensado con lo nuevo que, al no cerrarse, entrará en el alma, y sobre todo, con lo nuevo que saldrá de ella. © Antón Rodicio 2012.
viernes, 6 de julio de 2012
Cañas pensantes
«El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante. No hace falta que el universo entero se arme para aplastarlo: un vapor, una gota de agua, bastan para matarlo. Pero, aun cuando el universo lo aplastara, el hombre sería todavía más noble que el que lo mata, porque sabe que muere y lo que el universo tiene de ventaja sobre él; el universo, en cambio, no sabe nada de esto».
Esto dice Pascal (y lo dice así: «el hombre...», en lugar de: «el ser humano...», porque en su época las mujeres aún no habían empezado a existir). Pero yo, desprovisto ya del inmenso apoyo que la razón y el "sentido común" proporcionaban a Pascal y a su tiempo, no me creo que el universo no "sepa" (de algún modo) todo eso que Pascal dice que no sabe. Y creo, por el contrario (aunque no, evidentemente, como una rígida e intocable creencia de tipo religioso, ni nada por el estilo), que el universo en su conjunto es mucho más que ese lugar inmenso, mecánico, indiferente a nosotros, carente de inteligencia, significado y finalidad en el cual la mente humana apareció por casualidad, que el paradigma aún imperante pretende que es. © Antón Rodicio 2012.
jueves, 12 de abril de 2012
De la libertad
miércoles, 9 de noviembre de 2011
La tensión de los opuestos
martes, 25 de octubre de 2011
Volar
viernes, 4 de marzo de 2011
De los límites del genio
Una parte de la fama del cuadro de Andrea Verrocchio “El bautismo de Cristo”, que se conserva en la Galleria degli Uffizi de Florencia,
se debe al hecho de que en él está el primer trabajo importante de Leonardo da Vinci en pintura. Leonardo era aprendiz en el taller de Verrocchio y pintó una parte del cuadro, concretamente uno de los dos ángeles (el de la izquierda) y el paisaje del fondo. Hay quien considera que el ángel de Leonardo es muy superior (palabra siempre odiosa relacionada con el arte) a su compañero de Verrocchio: por ser más dinámico, más elegante, por los drapeados de su vestimenta… Puede ser, pero no quiero detenerme en los ángeles, sino hablar del cuadro entero. Porque a mí la parte pintada por Verrocchio, y en particular la imagen de San Juan Bautista, me parece extraordinaria: ese cuerpo tallado a cincel, esas extremidades que son músculo sobre hueso, esa fuerza interior arrolladora, ese huracán al lado del cual Cristo no parece más que un tímido adolescente, ese rostro labrado en piedra en el que hay algo tan cercano a la terribilitá de Miguel Ángel… Muchos años después de este cuadro, cuando ya estaba lejos de la etapa de aprendiz, Leonardo pintó también un “San Juan Bautista”, que está ahora en el Museo del Louvre de París
y que, sin menoscabo de su valor artístico, no deja de ser la representación de un amanerado, mientras que el de Verrocchio es, sin duda, el Jokanaan de la “Salomé” de Oscar Wilde y de la “Salomé” de Richard Strauss: un hombre sobre el cual ha soplado el aliento de Dios (y seguramente lo ha trastornado, como ocurre frecuentemente en estos casos, sobre todo cuando cursan con un fuerte ascetismo; pero esa es otra historia). © Antón Rodicio 2011.
[Las imágenes de esta entrada proceden, respectivamente, de
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/e8/Andrea_del_Verrocchio_002.jpg
y de
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/39/Leonardo_da_Vinci_025.jpg]
se debe al hecho de que en él está el primer trabajo importante de Leonardo da Vinci en pintura. Leonardo era aprendiz en el taller de Verrocchio y pintó una parte del cuadro, concretamente uno de los dos ángeles (el de la izquierda) y el paisaje del fondo. Hay quien considera que el ángel de Leonardo es muy superior (palabra siempre odiosa relacionada con el arte) a su compañero de Verrocchio: por ser más dinámico, más elegante, por los drapeados de su vestimenta… Puede ser, pero no quiero detenerme en los ángeles, sino hablar del cuadro entero. Porque a mí la parte pintada por Verrocchio, y en particular la imagen de San Juan Bautista, me parece extraordinaria: ese cuerpo tallado a cincel, esas extremidades que son músculo sobre hueso, esa fuerza interior arrolladora, ese huracán al lado del cual Cristo no parece más que un tímido adolescente, ese rostro labrado en piedra en el que hay algo tan cercano a la terribilitá de Miguel Ángel… Muchos años después de este cuadro, cuando ya estaba lejos de la etapa de aprendiz, Leonardo pintó también un “San Juan Bautista”, que está ahora en el Museo del Louvre de París
y que, sin menoscabo de su valor artístico, no deja de ser la representación de un amanerado, mientras que el de Verrocchio es, sin duda, el Jokanaan de la “Salomé” de Oscar Wilde y de la “Salomé” de Richard Strauss: un hombre sobre el cual ha soplado el aliento de Dios (y seguramente lo ha trastornado, como ocurre frecuentemente en estos casos, sobre todo cuando cursan con un fuerte ascetismo; pero esa es otra historia). © Antón Rodicio 2011.[Las imágenes de esta entrada proceden, respectivamente, de
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/e8/Andrea_del_Verrocchio_002.jpg
y de
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/39/Leonardo_da_Vinci_025.jpg]
sábado, 16 de enero de 2010
Un animal sabio
Un caballo salvaje busca su alimento entre los peñascos, a pocos metros del refugio-asador de La Curota (un monte de la sierra del Barbanza, sobre la Puebla del Caramiñal, en tierras de Valle-Inclán). El cielo está completamente encapotado y el viento silba. Hace frío. Empieza a llover. El caballo está solo. Qué dura es la vida de los caballos salvajes.
Quiero acercarme a él, pero él no quiere. No presta la menor atención a mis palabras, ignora mis gestos amistosos, nada necesita de mí. Se aleja. Se va solo, mojado, autosuficiente. No quiere dejar de ser, aunque sólo sea por un instante, un caballo salvaje como tantos otros, un caballo anónimo, platónico, casi inexistente. Prefiere la libertad a las dulces cadenas de los afectos.
Arrecia la lluvia. Entro en el refugio y me siento en la galería de su parte posterior. Pido un café y me pongo a contemplar cómo el río Piedras se despeña por su agreste lecho de granito hacia el río Barbanza, que viene serpenteante y misterioso por su imponente cañón.
Desde mi cálida atalaya veo de nuevo al caballo, ahora arrimado a un pino, intentando guarecerse de la lluvia. Ha parado de comer. Sigue solo, mojado, autosuficiente. No cambia independencia por seguridad, no trueca autonomía por apego, no vende por sueños la realidad.
Es un animal sabio. Sabe vivir una vida de caballo. © Antón Rodicio 2010.
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