lunes, 8 de marzo de 2021

De los libros que hemos leído

Los libros leídos son una parte fundamental de aquello que conforma nuestra identidad. Cuando nos sentamos en medio de nuestra biblioteca, cuando nos acercamos a una de las estanterías que contienen nuestros libros leídos, estamos con nuestra memoria, con lo que fuimos, con lo que somos, con lo que llegaremos a ser..., porque las semillas que plantamos en nuestro interior al leer un libro fructifican a veces años después de la lectura. ¡Ah!, de cuántos fríos nos protegen estos libros que nos rodean, que nos cobijan, que nos observan callados desde las gradas de nuestra vida pasada...© Antón Rodicio 2021

domingo, 28 de febrero de 2021

Luz y tinieblas

 En el corazón del bosque vi dos escaleras.

Una ascendía hacia la luz,

la otra descendía hacia las tinieblas.

En medio de ambas, el árbol

de la vida y de la muerte,

seco por un lado, lozano por el opuesto.

Clavada en su tronco, una inscripción

decía de la siguiente manera:

«Si no bajas la segunda escalera, jamás subirás por la primera».

© Antón Rodicio 2021




jueves, 31 de diciembre de 2020

El divorcio de la rémora

Sobrevolando Londres en este día de divorcio. El Támesis, el London Eye, el Big Ben, el parque San James, el palacio de Buckingham... Todo queda ahí abajo, al otro lado ya de la frontera.

La Unión Europea pierde hoy definitivamente a su rémora. Una pérdida que favorecerá, sin duda, la integración y el avance hacia la unión política, que aún puede tardar, pero a la que con seguridad se llegará. Este año, de hecho, se ha dado un paso importante en esa dirección: la emisión de deuda conjunta para salir de la crisis de la pandemia: una hipoteca compartida, que suele unir a las parejas más que un acta matrimonial.

En cuanto a la rémora, ahora tendrá la oportunidad de hacerse al fin consciente de que ha perdido el Imperio. España, que no tenía un pariente tan poderoso al otro lado del Atlántico, lo hizo mucho más rápido, pero a los súbditos de Su Graciosa Majestad no les va a resultar menos traumático.

Más adelante, cuando hayan conseguido poner del todo los pies en la tierra, volverán a la Unión, seguramente precedidos en un cierto número de años por un fragmento de los tres que ahora están unidos. En todo caso, las condiciones ya serán muy distintas a las de la etapa que ahora finaliza. © Antón Rodicio 2020

miércoles, 15 de abril de 2020

Lee

Refuerza con libros las paredes de tu mente, y el temporal de la estupidez no hará nunca mella en tu morada. © Antón Rodicio 2020
(Librería Alta Acqua, Venecia, agosto de 2019)

jueves, 19 de marzo de 2020

Covid 19

Dijo Pascal que toda la desdicha de los hombres procede de su incapacidad para estarse quietos en una habitación.

Enseñó el místico español del siglo XVII Miguel de Molinos que el alma debe permanecer quieta, solamente quieta, porque Dios hará lo demás.

Declaró Valle-Inclán haberse torturado por encontrar el quicio donde hacer quieta su vida, para deducir de esa quietud su estética.

Más recientemente, millones de personas dijeron, copiando al desconocido que lo dijo por primera vez, y que acaso fuese Groucho Marx: «Paren el mundo, que me bajo».

Pues bien, el mundo ya está parado... © Antón Rodicio 2020.

jueves, 12 de marzo de 2020

Julián Gayarre y su mausoleo

Antes de convertirse en el tenor más grande de su época, Julián Gayarre fue pastor en el valle del Roncal y herrero en Lumbier y Pamplona. En esta última ciudad lo escuchó cantar el maestro Hilarión Eslava en 1865 y quedó impresionado. Tanto, que le consiguió una beca para que fuese a Madrid a tallar ese diamante sin pulir que proclamó que era su voz. Tenía Gayarre veintiún años. Durante los tres siguientes estudió en el conservatorio de la capital, y luego, gracias a una ayuda de la Diputación de Navarra, marchó a Italia a completar su formación. Y allí, el 20 de septiembre de 1869, a los cuatro meses escasos de su llegada, se produjo su debut como tenor. Fue en Varese con la ópera de Donizetti «L’elisir d’amore», y fue en unas circunstancias excepcionales. En el transcurso de la representación, unos momentos antes de salir a escena para cantar el aria «Una furtiva lacrima», recibió y leyó un telegrama con la inesperada noticia de la muerte de su madre. Y en esas condiciones cantó. Con las furtivas lágrimas asomando a sus ojos y poniendo en ella todo el sentimiento despertado por la noticia que acababa de recibir, cantó el aria como acaso nadie la había cantado ni nadie volvió a cantarla jamás. El éxito fue clamoroso.

A este triunfo de Varese siguieron otros en diversas ciudades del norte de Italia: Como, Treviso, Parma…, y en los años siguientes el éxito se extendió a toda Europa: Roma, Génova, Sevilla, Bolonia, Padua, Málaga, San Petersburgo, Moscú, Viena… Y así hasta que el 2 de enero de 1876 debutó en el más importante teatro de ópera del mundo en aquel momento: la Scala de Milán. Cantó «La favorita», de Donizetti, y el triunfo fue apoteósico. No sólo de público, sino también de crítica. Filippo Filippi, el gran crítico de la época, escribió al día siguiente que lo que la audiencia milanesa había presenciado no era el debut de un tenor, sino la consagración de un genio del canto.

A partir de ese momento Gayarre fue considerado el primer tenor del mundo. Durante la década siguiente no tuvo rival. Luego, aquejado de recurrentes enfermedades respiratorias, la voz empezó a deteriorársele. Murió en los primeros días de 1890, cuando iba a cumplir cuarenta y cinco años.


Lo que se ve en la imagen es su tumba en el cementerio de Roncal. Impresiona encontrarse con un monumento de esta categoría en el pequeño cementerio de un pueblo pirenaico. Fue encargado por la familia del tenor al escultor valenciano Mariano Benlliure, y expuesto en la Exposición Universal de París de 1900, donde resultó premiado con la medalla de honor de escultura. Según parece, la reina regente María Cristina pretendió que se instalase en Madrid al lado del Teatro Real, pero la familia de Gayarre insistió en trasladarlo a Roncal, a donde llegó en 1901. © Antón Rodicio 2020.

sábado, 1 de febrero de 2020

Construcciones para pensar

Carl Jung no tuvo, como Wittgenstein, Virginia Wolf o Bernard Shaw una “cabaña para pensar”, esto es, una pequeña construcción con cuatro paredes y tejado, apartada del mundanal ruido, a la que retirarse periódicamente para producir desde allí su obra. No, lo de Jung fue un pequeño castillo con cuatro torres, en Bollingen (Suiza), a orillas del lago de Zurich. Empezó con una sola torre de dos pisos, pero posteriormente fue añadiendo paulatinamente tres edificios laterales a la zona central. No había luz eléctrica, el agua había que extraerla manualmente de un pozo y la calefacción era a base de quemar leña en la chimenea, leña que el propio Jung, que vivía allí varios meses al año, se encargaba de cortar. Al igual que a los pensadores de las cabañas, también a Jung le fue esta construcción de vital importancia para su obra, logrando en ella gran parte de su escritura, pintura y escultura. Y en este caso tuvo adicionalmente la función de ser el lugar de encuentro y estancia con sus amantes, en particular con la más duradera de ellas: Toni Wolf. © Antón Rodicio 2020.

[La imagen proviene de algún lugar de Internet]