domingo, 28 de enero de 2024

Sacándonos del centro y rebajándonos

Sacándonos del centro y rebajándonos
a la mera condición de vagabundos,
Copérnico nos liberó de la más grande
idea jamás preconcebida.
Demasiado, sin duda, hubiera sido
pedirle que fuese capaz de despojarnos asimismo
de la siguiente en falsedad y peligro:
la de buscar la perfección, creyéndola
deseable y posible;
un lastre que retrasó mucho más de lo debido
de las ideas copernicanas el triunfo definitivo.
Dando por supuesto que el movimiento planetario era perfecto
–circular y con igual velocidad en cada punto del trayecto–,
una y otra vez colisionaban los astrónomos
con la tenaz obstinación de los hechos:
lo que el modelo copernicano de ese modo predecía, se ajustaba
tan poco a lo que el cielo reflejaba,
como ocurría en el viejo modelo ptolemaico, que llevaba,
con su ejército de ciclos, epiciclos, deferentes y ecuantes,
quince siglos precisando corrección tras cada nueva observación.
Hasta que Kepler, después del enésimo revés,
tuvo la crucial revelación:
asolada por las guerras,
la Tierra era un planeta de manifiesta imperfección,
¿y qué podía, si así era el planeta, esperarse de su órbita?
Liberado de la esclavitud de que tuviera
que ser la trayectoria a toda costa circular,
nada tardó en encontrar la solución de que la elipse,
curva que Apolonio describiera
mil setecientos años atrás,
encajaba totalmente con los datos
de ruta y velocidad.
La libertad con respecto a las ideas preconcebidas
es la verdadera libertad.
Kepler se liberó de la idea del perfecto movimiento planetario;
el actual es el tiempo de liberarse de la perniciosa
idea de la perfección de Dios.
© Antón Rodicio 2024

domingo, 15 de octubre de 2023

La única salida

En lo profundo de la noche. Cuando más negro se ve todo. Pero también, cuando es más fácil encontrar la única salida posible: hacia adentro. © Antón Rodicio 2023

(Compostela, plaza de las Platerías)

sábado, 12 de agosto de 2023

A propósito de Dios

Decir que no hay Dios teniendo en la cabeza al Dios del que hablan las religiones (todas las religiones) es muy fácil: un Dios que va contra la lógica, es obvio que no puede existir: omnipotente y bueno es trivialmente incompatible con la existencia del mal (dolor, sufrimiento) en el mundo, cosa esta última que no admite duda.

Desechar a un Dios al que se identifica con las bestialidades cometidas a lo largo de la historia por quienes decían (y siguen diciendo) hablar en su nombre, es muy fácil (y justifica sobradamente la visceralidad implícita o explícita que exhiben a veces quienes se dicen ateos).

Ahora bien, si dejamos de hablar de Dioses infantiles (¿puede acaso ser otra cosa algo de lo que se predica la omnipotencia?) y dejamos de lado a todas las religiones y empezamos a hablar de cosas serias, ¿cómo desechas al otro que siempre va contigo? ¿Cómo desechas al que pugna desde lo más profundo de ti por asomarse al mundo real? ¿Cómo desechas a lo que insufla fuego a las ecuaciones para conjurar, a partir del mundo matemático, el mundo real y todos los demás mundos?

¿Que debería usarse otra palabra? Puede ser, pero eso implicaría dejarle la “administración de Dios” a quienes siempre lo han administrado mal. © Antón Rodicio 2023

martes, 1 de agosto de 2023

De giros e ideas preconcebidas

Así es como se mueven los planetas alrededor del Sol.

Lo hacen según una ley sencilla, pero para llegar a ella fue necesario dejar atrás una de las ideas preconcebidas más fuertes y limitadoras de la historia humana.

No la más fuerte, porque la más fuerte fue sin duda aquella de la que Copérnico nos hizo despertar: la de que ocupábamos el centro del universo y todo se movía alrededor de nosotros. Pero si no la más fuerte, sí la siguiente en fortaleza: la de que vivíamos en un mundo perfecto.

Copérnico nos hizo ver que la Tierra gira, junto con los demás planetas, alrededor del Sol. Y los astrónomos que le siguieron dieron por hecho que este giro era perfecto, es decir, que se realizaba con movimiento circular y uniforme: los planetas se movían en circunferencias cuyo centro era el Sol y llevaban la misma velocidad en todos los puntos de su órbita.

Pero esto se ajustaba tan poco a las observaciones astronómicas como se ajustaba el viejo modelo propuesto por Ptolomeo –con la Tierra en el centro–, que llevaba quince siglos necesitando una corrección cada vez que se hacía una nueva observación.

Quien nos despertó de este segundo prejuicio fue Kepler. Viendo cómo la circunferencia se estrellaba contra la ingente cantidad de datos astronómicos recopilada por Tycho Brahe, su antecesor como astrónomo del Sacro Imperio Romano Germánico, Kepler tuvo la revelación decisiva: «La Tierra, asolada por las guerras, es un planeta imperfecto, y si los planetas son imperfectos, ¿por qué no iban a serlo también sus órbitas?».

Liberado, así, de la limitación circular, probó con otras curvas. Y no tardó en darse cuenta de que la elipse –por aquel entonces una curva rara descrita por Apolonio de Perga en su tratado sobre las cónicas, unas de las obras salvadas de la destrucción de la Bibioteca de Alejandría– encajaba perfectamente en los datos.

Las órbitas de los planetas son, pues (y tal como muestra la imagen), elipses, con el Sol situado en uno de sus focos.

Y en cuanto a la velocidad del planeta a lo largo de la órbita, ésta no es constante, pero sigue una ley sencilla, mostrada también en la figura. Si consideramos el segmento que une el Sol con el planeta, y consideramos el área que el segmento va barriendo al moverse el planeta (es decir, lo sombreado en azul), la ley afirma que el segmento barre áreas iguales en tiempos iguales (lo cual se expresa a veces diciendo que la velocidad areolar es constante). Y esto implica, por ejemplo, que el planeta va más rápido cuanto más cerca se encuentra del Sol.

(Adenda. En la época de la EGB y el BUP, las elipses –y las cónicas, en general– se estudiaban en las matemáticas de 3º de BUP, que los de letras ya podían evitar. Pero no es difícil decir lo que es una elipse y lo que son sus focos. Cogemos un trozo de cuerda y atamos un pincho en cada uno de sus extremos; clavamos los dos pinchos en el suelo y dibujamos una curva deslizando un palo contra la cuerda, de modo que ésta esté siempre tensa; la curva es una elipse, y los puntos donde están clavados los pinchos son sus dos focos). © Antón Rodicio 2023

lunes, 12 de junio de 2023

Los límites de mi lenguaje no son los límites de mi mundo

Lo que sigue es un fragmento del libro de Penrose La nueva mente del emperador, Capítulo 10:

«Una de las principales puntualizaciones que hace Hadamard en su estudio sobre el pensamiento creativo (La psicología de la invención en el campo matemático) es una impresionante refutación de la tesis, tan a menudo expresada todavía, de que la verbalización es necesaria para el pensamiento. Difícilmente podríamos hacer algo mejor que repetir una cita de una carta que recibió de Albert Einstein a propósito de esa cuestión: 

"Las palabras o el lenguaje, ya sea escrito o hablado, no parecen jugar ningún papel en mi mecanismo de pensamiento. Las entidades físicas que parecen servir como elementos del pensamiento son ciertos signos e imágenes más o menos claras que pueden reproducirse y combinarse voluntariamente... Los elementos antes mencionados son, en mi caso, de tipo visual y muscular. Las palabras u otros signos convencionales tienen que buscarse laboriosamente sólo en una segunda etapa, cuando el citado juego asociativo está suficientemente establecido y puede ser reproducido a voluntad".

(...)

Otros tipos de pensamiento, quizás tales como el filosofar, parecen más adecuados para la expresión verbal. ¡Quizá sea esta la razón del por qué muchos filósofos parecen ser de la opinión de que el lenguaje es esencial para el pensamiento inteligente o consciente!».

Hasta aquí Penrose. Y a partir de aquí, dos palabras para insistir en estas dos últimas frases suyas. Leyéndolas, me resulta inevitable pensar en Wittgenstein, para mostrarme en contra de uno de los aforismos de su Tractatus lógico-philosophicus: por mucho que Wittgenstein lo diga, estoy en total desacuerdo con que los límites de mi lenguaje sean los límites de mi mundo. Aunque reconozco que si se quiere transmitir algo de nuestro mundo a personas que no nos son cercanas, más nos vale ser capaces de traducirlo en términos de lenguaje. Por lo menos mientras no tengamos, como especie, habilidades telepáticas, dirección en la que estoy convencido que acabará evolucionando el cerebro humano, sea de modo darwiniano o sea de algún otro modo. © Antón Rodicio 2023

domingo, 23 de abril de 2023

La misión sagrada del fotógrafo

Estamos rodeados de belleza que de tanto tenerla al alcance de los ojos se ha vuelto invisible, acaso sin haber sido vista ni una sola vez. Sobre todo aquella belleza cubierta desde el principio por el oscuro manto del tabú y la polémica.

Sólo la belleza puede salvar al mundo, y la más sagrada misión del fotógrafo en estos tiempos de emergencia planetaria e indigencia artística y espiritual, es contribuir a mostrarla. © Antón Rodicio 2023

(Compostela. Ciudad de la Cultura. Exterior del edificio del Archivo de Galicia)


domingo, 12 de marzo de 2023

La huida de la belleza

«...a orillas del río Quebar, el cielo se abrió y tuve visiones divinas» (Ezequiel 1,1).

La belleza está siempre ahí, a un paso de nosotros, pero nuestros relojes y nuestra forma de vida están ajustados para que no coincidamos nunca con ella. ¿Por qué? Porque lo bello –como Rilke bien sabía– es el comienzo de lo terrible: nos saca del mundo interpretado y nos lleva al mundo de las puras relaciones, dejándonos totalmente indefensos ante lo que es. © Antón Rodicio 2023