miércoles, 3 de noviembre de 2010

Sol negro

En este tiempo en que la negrura de la noche ciega y enmudece y esteriliza las horas y los días, yo te pregunto, amigo Sandro: ¿De qué pasta hay que estar hecho para, una vez que se ha visto poner para siempre el sol, seguir inventándolo cuadro tras cuadro durante treinta y cuatro años, y al final pedir ser enterrado a sus pies? © Antón Rodicio 2010.

jueves, 19 de agosto de 2010

Vértigo

Florencia. En lo alto de la cúpula de Brunelleschi. Los cuatrocientos sesenta y tres escalones y las decenas de intensas horas de museos, monumentos y obras maestras del arte, quedan atrás, y la ciudad se abre ante mis ojos en un luminoso día de agosto.

La impresionante mole del Palazzo Vecchio, con la esbelta torre que contrarresta la severidad de sus almenas, es lo primero que llama mi atención. A su sombra distingo las esculturas de la Loggia dei Lanzi, y hacia la parte del río, la Galleria degli Uffizi, que guarda en sus entrañas los tesoros de Botticelli y algunos de Miguel Ángel, Tiziano, Caravaggio, Leonardo, Rubens y Rafael.

El estrecho corredor exterior que circunda la linterna de la cúpula está lleno de turistas. Me dejo llevar en sentido contrario a las agujas del reloj y no tardo en divisar los mármoles blancos y verdes de la fachada de la iglesia de la Santa Croce, donde se encuentran las tumbas de Maquiavelo, Galieo y Miguel Ángel, y también la de Dante, vacía, esperando inútilmente que Rávena devuelva los despojos mortales de a quien los florentinos repudiaron en vida.

Un cuarto de vuelta más allá acierto a discernir entre los tejados el de la Galleria dell’Accademia, que acoge la escultura más famosa del mundo: el David de Miguel Ángel. Seguidamente aparece la cúpula de las capillas mediceas, con las tumbas de diversos miembros prominentes de la familia Medici, a quien Florencia debe gran parte de lo que es. Unos pasos más adelante diviso la iglesia de Santa Maria Novella, y poco después mis ojos tropiezan con el campanile: la torre de las campanas de la propia catedral, completando así la vuelta en torno a la linterna.

Salgo del flujo de gente que deambula por el corredor, acercándome a la barandilla. Me percato de que es considerablemente más baja que la de la cúpula de San Pedro, en el Vaticano, o la de la catedral de San Pablo, en Londres. Observo también que, a diferencia de estas dos últimas, aquí se alcanza a ver casi en vertical el suelo de la plaza que rodea el edificio.

Miro hacia abajo. Mi límite visual de la parte alta de la cúpula, la base y una de las aristas laterales del campanile y la base de dos de los edificios que cierran la plaza por el sur, enmarcan un triángulo sobre el que hormiguean docenas de personas cien metros por debajo de mí.
El vértigo es considerable, y el hecho de que el campanile se levante casi hasta la misma altura a un tiro de piedra de donde me encuentro, lo multiplica. Siento el impulso de alejarme de la barandilla, pero la atracción del vacío me mantiene pegado a ella.

A mis oídos llega la conversación que mantienen tres muchachos a mi derecha. Uno de ellos, convenientemente parapetado detrás de su intelecto, dice que eso del vértigo es una bobada: tú sabes que el suelo, la barandilla y toda la estructura que aquí te sostiene, no va a ceder, y sabiendo eso, nada más es pertinente. Uno de sus compañeros replica, jugando con la razón y la lógica, que no hay seguridad absoluta de que no vaya a ceder: por mucho que no lo haya hecho en el pasado, puede hacerlo ahora o en cualquier otro momento. El tercer muchacho parece distanciarse de sus compañeros con un comentario inesperado: el de que este es un buen lugar para suicidarse. Le miro con curiosidad, pero no, sus palabras no han salido de un sitio más profundo que las de los otros dos.

Mis ojos se dirigen de nuevo hacia abajo, abstrayéndome del entorno. La llamada del vacío es intensa. El impulso de volver a la escalera que hasta aquí me trajo y regresar al suelo, es fuerte, pero la seducción del abismo lo anula. Ambas fuerzas se equilibran y me mantienen arrimado a la barandilla, viendo el pulular de personas cien metros más abajo. El precipicio interior y el precipicio exterior se encuentran frente a frente, reflejándose mutuamente.

Independientemente de que haya hablado desde la superficialidad, el tercer muchacho tiene absoluta razón. El lugar es perfecto; la acción, extremadamente fácil. Un pequeño salto y todo quedará atrás: conflictos, insomnios, esperas, afanes, escisiones, desasosiegos, fragmentaciones... Un pequeño salto y la liberación, el infinito, la suprema felicidad del abandono de los límites, la paz completa y definitiva, sobrevendrán. Un pequeño salto y el abismo insondable que me habita quedará, al fin, colmado.

El tiempo de pensar se acaba. El equilibrio de las dos fuerzas que impulsan en sentidos contrarios es en medio de una enorme tensión. El atajo hacia la eternidad redobla su hechizo: precipitarse en el vientre de la nada significa también la liberación de esta tensión.

El tiempo se acaba. La tensión se hace insoportable. El tiempo se acaba. Lo inevitable va a suceder. El tiempo se…

¡Ah, despertador, bendito despertador, que aunque fomentas el insomnio y nos martirizas cada mañana, nos liberas también a veces de pesadillas indeseadas! © Antón Rodicio 2010.

sábado, 16 de enero de 2010

Un animal sabio


Un caballo salvaje busca su alimento entre los peñascos, a pocos metros del refugio-asador de La Curota (un monte de la sierra del Barbanza, sobre la Puebla del Caramiñal, en tierras de Valle-Inclán). El cielo está completamente encapotado y el viento silba. Hace frío. Empieza a llover. El caballo está solo. Qué dura es la vida de los caballos salvajes.

Quiero acercarme a él, pero él no quiere. No presta la menor atención a mis palabras, ignora mis gestos amistosos, nada necesita de mí. Se aleja. Se va solo, mojado, autosuficiente. No quiere dejar de ser, aunque sólo sea por un instante, un caballo salvaje como tantos otros, un caballo anónimo, platónico, casi inexistente. Prefiere la libertad a las dulces cadenas de los afectos.

Arrecia la lluvia. Entro en el refugio y me siento en la galería de su parte posterior. Pido un café y me pongo a contemplar cómo el río Piedras se despeña por su agreste lecho de granito hacia el río Barbanza, que viene serpenteante y misterioso por su imponente cañón.

Desde mi cálida atalaya veo de nuevo al caballo, ahora arrimado a un pino, intentando guarecerse de la lluvia. Ha parado de comer. Sigue solo, mojado, autosuficiente. No cambia independencia por seguridad, no trueca autonomía por apego, no vende por sueños la realidad.

Es un animal sabio. Sabe vivir una vida de caballo. © Antón Rodicio 2010.

jueves, 31 de diciembre de 2009

A la edad en que casi todos se jubilan


Hacia finales de los años 30 del siglo XX, Wiston Churchill transita por la mitad de la séptima década de su vida, y es, o así se lo parece a muchos de sus contemporáneos, un hombre políticamente acabado.

En el pasado ha formado parte del gobierno británico en varias ocasiones como titular de diversas carteras ministeriales, pero lleva ya cerca de diez años alejado de la primera línea política, retirado en su casa de campo de Chartwell dedicándose a escribir, a pintar y a tratar inútilmente de despertar las conciencias de sus compatriotas, advirtiéndoles que Gran Bretaña debe rearmarse ante la amenaza creciente que representa el régimen nazi de Alemania.

Nadie le hace caso, pero cuando en 1939 Hitler invade Polonia, e Inglaterra se ve obligada a declarar la guerra a Alemania, se le llama de urgencia a su antiguo cargo en el Almirantazgo. Poco después se le nombra primer ministro.

Tenía entonces la que es para muchos la edad de la jubilación: sesenta y cinco años. Con lo que había hecho hasta ese momento, la Historia no le hubiese concedido más que una nota al pie, o como mucho, un párrafo perdido en alguna página secundaria. Pero el destino puso ante él su gran oportunidad y él no la desaprovechó.

Durante los cuatro años siguientes dirigió las operaciones bélicas en interminables jornadas de entre dieciséis y dieciocho horas diarias, transmitiendo a todos su vigor y contagiándoles su energía y optimismo. Con sus extraordinarios discursos de una influencia casi hipnótica sobre los británicos, consiguió mantener la moral de quienes en Londres y en otras grandes ciudades del Reino Unido sufrieron los bombardeos continuos, día y noche durante meses, de la temible maquinaria de guerra alemana. Y con su gran habilidad diplomática, logró la ayuda de los Estados Unidos y su entrada final en la guerra, inclinándola a favor de los aliados. Hay que visitar las Cabinet War Rooms: las salas utilizadas por él y su Gabinete de Guerra en el subsuelo de Londres, protegidas de las bombas germanas por una placa de hormigón de dos metros de espesor, para hacerse una idea de lo que fueron esos años.

Dice el I Ching: «Cuando alguien une a su innata modestia, en razón del puesto de responsabilidad que ocupa y de las experiencias que ha atesorado, una enérgica actividad, obtendrá sin duda un gran éxito». Desconozco si Churchill era o no modesto, pero el resto de la frase del oráculo chino, puede sin duda serle aplicado en esa época.

Terminada la guerra, el electorado británico, dudando quizás de que quien lo había dirigido acertadamente en la guerra supiese hacerlo en la paz, no le renovó el cargo de primer ministro. Pero Churchill se negó a jubilarse, y seis años más tarde, próximo a cumplir setenta y siete, obtuvo un segundo mandato. Después le llegaría el Premio Nobel de Literatura, el Premio Carlomagno, la ciudadanía honoraria de los Estados Unidos…, hasta que a los noventa años se apagó una vida que no conoció la jubilación. © Antón Rodicio 2009.

martes, 20 de octubre de 2009

Las matemáticas y la vida


Cuanto menos lineal es una ecuación, es decir, cuanto más se parece a la vida, más difícil es de resolver. © Antón Rodicio 2009.

martes, 7 de abril de 2009

Comunión

Tenochtitlan, la capital de los aztecas, en un día cualquiera del México prehispánico. Ante el santuario del dios Huitzilopochtli, símbolo del Sol, en lo alto del Templo Mayor de la ciudad, se va a proceder a uno de los veinte mil sacrificios humanos que en este lugar se realizan anualmente. (Los aztecas, Pueblo del Sol, están obsesionados por la sangre humana y por procurársela a su dios, a fin de que el Sol se mantenga en su curso; los guerreros enemigos capturados en sus continuos combates con los pueblos vecinos, son su mayor fuente de ella). El sacerdote sacrificador, mientras cuatro ayudantes la sujetan por las cuatro extremidades, le hace a la víctima una incisión con un afilado cuchillo de obsidiana y le extrae el corazón. Lo deposita en un vaso destinado a la alimentación del dios, y asperja con sangre su inmensa imagen. Seguidamente corta la cabeza del inmolado y la coloca en un rellano preparado al efecto. Luego arroja el cuerpo escaleras abajo, para que sea objeto de una comida caníbal en la que participa toda la multitud de fieles. En ocasiones a quien comen es al mismo dios. Moldean una imagen humana de la deidad amasando diversas clases de semillas con sangre de los sacrificados, y colocan esa imagen en el altar principal del templo. Un sacerdote hunde repetidamente un dardo con punta de pedernal en el pecho de la imagen, y a esto le llaman “matar al dios Huitzilopochtli para que su cuerpo pueda ser comido”. Seguidamente dividen la imagen en pequeños trozos, los reparten entre los fieles y se los comen.

Grecia, en mitad de un invierno de la antigüedad; no un invierno cualquiera, sino uno de cada dos. La oreibasia, un rito en honor de Dionisos, está en marcha. Las mujeres, tanto las matronas como las doncellas, abandonan la ciudad y suben en procesión a un monte solitario. Allí, sin contacto con hombre alguno, se lanzan a un desenfreno de alcohol, misticismo y alucinógenos, bailando desnudas y en éxtasis, agitando sus largos cabellos, durante noches enteras. Al final todas ellas participan de una comunión en carne y sangre con el dios, despedazando viva una cabra joven que lo representa y comiéndola cruda.

Un domingo del siglo XXI en casi cualquier ciudad de Occidente. Un grupo de fieles se reúne en una iglesia para asistir al Santo Sacrificio de la Misa. En un determinado momento de la celebración, el oficiante, ante una copa que contiene «vino con unas gotitas de agua», y un platillo con una oblea de trigo, pronuncia unas palabras. Con ello, lo que antes era pan de trigo y vino, se convierte literalmente (y esto es un dogma) en el cuerpo y la sangre de Cristo, el dios de los cristianos. Acto seguido, el oficiante y los fieles, proceden a comer y beber ese cuerpo y esa sangre. © Antón Rodicio 2009.

viernes, 20 de marzo de 2009