viernes, 29 de mayo de 2026

Yo me iré, y quedarán los pájaros cantando

Yo me iré, y quedarán los pájaros cantando;

pero no me iré ligero ni vacío.

El surco llevaré de cada herida,

y el peso sagrado de haber estado vivo,

el eco de un amor que fue mi centro,

y el antiguo crepitar de una pasión

que abrió las costras que ocultaban el sentido.


Yo me iré, y mi cuerpo quedará

encerrado tras la lápida,

o vencido por el frío de la losa,

o perfumando, ondívago, la atmósfera

hurtando su banquete a los saprófagos.


Pero este cuerpo habrá sido mi yunque y mi martillo,

el lastre fiel atado a mi tobillo;

la gravedad que ayudó a lo ingrávido a elevarse

en el esfuerzo casi ciego de sus días.

Sin el dolor, imposible habría sido la subida;

inerte sin la emoción habría sido el equilibrio.


La piel dejaré, pero la esencia irá conmigo:

la huella del metal contra mi fragua,

la vibración más elevada en lo intangible

que habrá de acercarme a lo divino.


Y volveré,

insaciable, a desplegar otro destino,

a pulir un nuevo aspecto o completar

un antiguo recorrido.


Volveré

con otro mapa y aprendiendo a conducir otro vehículo;

tan disfrazado llegaré que ni por mí

ni por nadie seré reconocido.


Hay al menos dos Premios Nobel (de Literatura y Medicina, respectivamente) relacionados con este poema, y a los cuales quiere, de alguna manera, servir de homenaje.


Uno es Juan Ramón Jimenez, autor de un bien conocido poema que sólo tiene en común con este el primer verso. El otro es Jacques Monod, y decir por qué lo nombro aquí es bastante más complejo.


Monod escribió un libro, titulado "El azar y la necesidad", tan materialista que está en las antípodas de este poema. Pero en ese libro planteó el problema fundamental del mundo actual: el enorme desequilibrio entre conocimiento y valores: el estar manejando el inmenso poder que la ciencia —a través de la tecnología— pone actualmente en nuestras manos con un autocontrol de las emociones que no va más allá del que teníamos cuando sólo sabíamos matarnos unos a otros con flechas y arcabuces. Pues bien, la solución a ese problema —que es un problema de propósito y sentido— no está en el materialismo... © Antón Rodicio 2026

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