miércoles, 21 de agosto de 2024

“Farewell”, video en el pabellón de Alemania de la Bienal de Venecia 2024

En el pabellón de Alemania de la Bienal de Venecia de este año se expone, entre otras obras, un video de la artista israelí Yael Bartana titulado “Farewell” (“Despedida”, “Adiós”). Las imágenes y el sonido de ese video, allí en directo, me parecieron sublimes, y fue lo que más me impactó de lo que vi en la Bienal.

Lo que acompaña a estas letras es una grabación de un fragmento del video; grabación que tuvo sus complicaciones, porque fue a contraluz y porque hube de moverme frecuentemente mientras la realizaba, para evitar los visitantes del pabellón que pasaban por delante de la pantalla de proyección.

Contrariamente a las imágenes y el sonido del video, su contenido (es decir, lo que el video trata de contar) no tiene para mí ningún interés. De hecho, este es quizás el mejor ejemplo que conozco de una obra en la cual el "objeto” es muy superior al "concepto”.

Dicho en pocas palabras, el video muestra la despedida de la Tierra de un grupo indeterminado de seres humanos, que van a entrar en la «nave espacial generacional» que ahí se ve, para emprender un viaje con rumbo y duración también indeterminados –pero de siglos o de milenios, hacia «las galaxias»–, a fin de darle un respiro al planeta y que éste pueda intentar recomponerse sin que nosotros le estorbemos. Es decir, dada la situación ecológica próxima al colapso en la que el planeta se encuentra actualmente, y dado que si los humanos seguimos aquí, acabaremos destruyéndolo en términos biológicos en no mucho tiempo, abandonémoslo ahora para que tenga alguna posibilidad de recuperación.

En fin, una propuesta de huida (no soy capaz de verlo de otro modo) como solución a los enormes problemas ecológicos a los que actualmente nos enfrentamos… © Antón Rodicio 2024

miércoles, 7 de agosto de 2024

El subsuelo veneciano


En el subsuelo de Venecia está el esqueleto de un bosque muy antiguo. 

Lo dice Rilke –en traducción de Ferreiro Alemparte– en un poema escrito en 1908 y titulado “Otoño tardío en Venecia”:

«…Los vítreos palacios suenan más frágiles
en tu mirada. Y en los huertos pende
el verano, montón de marionetas
boca abajo, cansado y muerto.
Mas del antiguo bosque en esqueleto
sube el deseo: como si de noche
el general del mar doblar quisiera
las galeras en activo arsenal…».

¿Qué es ese «antiguo bosque en esqueleto», desde el cual sube el deseo? 

Sepultado en la oscuridad e incorrupto en su aislamiento, ese bosque es la base sobre la que se alzan todos los edificios de Venecia.

Venecia es un conjunto de más de cien pequeños islotes, separados por canales y unidos por puentes, en el centro de una laguna. Cuando en el siglo V los venecianos se vieron obligados a huir de tierra firme y se asentaron sobre estos islotes, encontraron que ni eran de roca ni aparecía roca excavando en ellos hasta una profundidad razonable. Era un suelo constituido por materiales arcillosos –poco más que barro– sobre el que no era posible cimentar edificación alguna. Solucionaron ese inconveniente utilizando pilotes de madera como cimentación. Millones de troncos, principalmente de robles, aunque también de pinos y otras coníferas, fueron traídos a lo largo de los siglos de los bosques del norte del Véneto y clavados verticalmente 7 metros y medio en el suelo a golpe de mazo, hasta llegar a apoyarlos abajo en un estrato resistente de caranto (arcilla compacta) que hay a esa profundidad. Sobre los troncos se ponía piedra impermeable, y sobre esa piedra, se levantaba el edificio.

Los pilotes, que están estrechamente apretados unos a otros, no se pudren debido a la falta de oxígeno, imprescindible para que puedan vivir los microbios que se alimentan de madera. Cuando el Campanile de la plaza de San Marcos se vino abajo en 1902, se descubrió que los pilotes sobre los que descansaba el monumento se conservaban en perfecto estado a pesar de llevar más de mil años enterrados. (El derrumbe del campanile, dicho sea de paso, no fue debido a un fallo en la cimentación, sino a que se había aumentado su altura varias veces –hasta llegar a rozar los 100 metros– sin reforzar los cimientos. En su reconstrucción se utilizó el mismo método y se conservó la altura, pero duplicando la superficie de los cimientos).

En la imagen adjunta aparece la veneciana iglesia de Santa María de la Salud, construida en el siglo XVII como ex voto de los venecianos a causa de la peste que en 1630 diezmó la población. En sus cimientos hay más de un millón de pilotes clavados en el suelo (1.106.657 pilotes, exactamente). © Antón Rodicio 2024

sábado, 16 de marzo de 2024

Todavía hay esperanza


La pirámide de Keops –la mayor de las pirámides de Egipto– tiene 136 metros de altura y 230 de longitud en el lado de la base. La presa de As Portas tiene 141 metros de altura y 477 de longitud en su parte superior. Se trata, sin duda, de una obra faraónica.

Una obra inmensa, majestuosa, escondida, solitaria en varios kilómetros a la redonda, con la que uno se topa de pronto en la carretera entre Vilariño de Conso y A Gudiña: en medio de la nada, de repente, a la salida de una curva, la formidable pared de hormigón de ciento cuarenta y un metros de altura.

¡Qué sentimiento de fragilidad atravesar ese puente situado a los pies de la presa imaginando que la tremenda fuerza contenida se desatase en ese mismo momento!, que la presa estallase y los más de quinientos millones de toneladas de agua del embalse irrumpiesen en descomunal estampida arrasándolo todo.

Pero a la vez, ¡qué sentimiento de elevación!, viendo la forma en que los humanos hemos conseguido domesticar y poner a nuestro servicio los furibundos elementos naturales mediante obras grandiosas de la más sublime belleza. Y acompañando al sentimiento de elevación, el sentimiento de que todavía hay esperanza, de que la humanidad conseguirá salir a tiempo de los callejones aparentemente sin salida (superpoblación cambio climático, destrucción del medio ambiente…) en los que ahora se encuentra metida.

El ser humano es capaz de las mayores atrocidades, sobre todo cuando el oscurantismo religioso hace aflorar lo más oscuro de su naturaleza y cuando la facción más dogmáticamente materialista de la ciencia consigue esconderle sus raíces espirituales. Pero también es capaz de la mayor nobleza y de superar los mayores obstáculos en las circunstancias adecuadas.

Y uno siente (o quiere sentir), precisamente aquí, ante la descomunal tensión contenida por la maravillosa geometría (la ciencia más pura) de esta sublime estructura, que está cerca el momento de la liberación. Que está cerca el momento en que la religión y sus secuelas queden definitivamente atrás, y la ciencia se abra al fin a la consideración de la naturaleza humana en su totalidad, sin segregarle su más importante mitad.

Será entonces cuando la civilización encontrará la salida de los múltiples atolladeros en que ahora se encuentra metida. Todavía hay esperanza.

(Imagen de mi exposición “Presas: la fuerza domesticadora de lo grande”, en el Centro Cultural “Marcos Valcárcel”, Ourense, hasta el 31 de este mes de marzo).
© Antón Rodicio 2024

sábado, 12 de agosto de 2023

A propósito de Dios

Decir que no hay Dios teniendo en la cabeza al Dios del que hablan las religiones (todas las religiones) es muy fácil: un Dios que va contra la lógica, es obvio que no puede existir: omnipotente y bueno es trivialmente incompatible con la existencia del mal (dolor, sufrimiento) en el mundo, cosa esta última que no admite duda.

Desechar a un Dios al que se identifica con las bestialidades cometidas a lo largo de la historia por quienes decían (y siguen diciendo) hablar en su nombre, es muy fácil (y justifica sobradamente la visceralidad implícita o explícita que exhiben a veces quienes se dicen ateos).

Ahora bien, si dejamos de hablar de Dioses infantiles (¿puede acaso ser otra cosa algo de lo que se predica la omnipotencia?) y dejamos de lado a todas las religiones y empezamos a hablar de cosas serias, ¿cómo desechas al otro que siempre va contigo? ¿Cómo desechas al que pugna desde lo más profundo de ti por asomarse al mundo real? ¿Cómo desechas a lo que insufla fuego a las ecuaciones para conjurar, a partir del mundo matemático, el mundo material y todos los demás mundos?

¿Que debería usarse otra palabra? Puede ser, pero eso implicaría dejarle la “administración de Dios” a quienes siempre lo han administrado mal. © Antón Rodicio 2023

lunes, 12 de junio de 2023

Los límites de mi lenguaje no son los límites de mi mundo

Lo que sigue es un fragmento del libro de Penrose La nueva mente del emperador, Capítulo 10:

«Una de las principales puntualizaciones que hace Hadamard en su estudio sobre el pensamiento creativo (La psicología de la invención en el campo matemático) es una impresionante refutación de la tesis, tan a menudo expresada todavía, de que la verbalización es necesaria para el pensamiento. Difícilmente podríamos hacer algo mejor que repetir una cita de una carta que recibió de Albert Einstein a propósito de esa cuestión: 

"Las palabras o el lenguaje, ya sea escrito o hablado, no parecen jugar ningún papel en mi mecanismo de pensamiento. Las entidades físicas que parecen servir como elementos del pensamiento son ciertos signos e imágenes más o menos claras que pueden reproducirse y combinarse voluntariamente... Los elementos antes mencionados son, en mi caso, de tipo visual y muscular. Las palabras u otros signos convencionales tienen que buscarse laboriosamente sólo en una segunda etapa, cuando el citado juego asociativo está suficientemente establecido y puede ser reproducido a voluntad".

(...)

Otros tipos de pensamiento, quizás tales como el filosofar, parecen más adecuados para la expresión verbal. ¡Quizá sea esta la razón del por qué muchos filósofos parecen ser de la opinión de que el lenguaje es esencial para el pensamiento inteligente o consciente!».

Hasta aquí Penrose. Y a partir de aquí, dos palabras para insistir en estas dos últimas frases suyas. Leyéndolas, me resulta inevitable pensar en Wittgenstein, para mostrarme en contra de uno de los aforismos de su Tractatus lógico-philosophicus: por mucho que Wittgenstein lo diga, estoy en total desacuerdo con que los límites de mi lenguaje sean los límites de mi mundo. Aunque reconozco que si se quiere transmitir algo de nuestro mundo a personas que no nos son cercanas, más nos vale ser capaces de traducirlo en términos de lenguaje. Por lo menos mientras no tengamos, como especie, habilidades telepáticas, dirección en la que estoy convencido que acabará evolucionando el cerebro humano, sea de modo darwiniano o sea de algún otro modo. © Antón Rodicio 2023

martes, 9 de mayo de 2023

El espejo

Mis problemas infantiles con el espejo (cuyo comienzo no recuerdo, pero sí que ya en torno a los 7 años existían) eran los tres siguientes: 1) La idea de que alguna vez me pusiese delante del espejo y no apareciese en él. 2) La idea de que alguna vez me pusiese delante del espejo y viese que algún objeto empezaba a moverse detrás de mí en el espejo, pero no en la realidad (este era el más terrible de los tres, sobre todo cuando me ponía ante el espejo en penumbra, lo cual me infundía verdadero temor, pero no podía dejar de hacerlo de vez en cuando). 3) ¿Hay algo en el espejo cuando nadie está mirando? Por supuesto, en aquella época no sabía nada de Kant, ni de la "cosa en sí" ni de muchas otras cosas, y más de una vez traté de acercarme al espejo con un rápido movimiento desde uno de sus lados, para ver si lo cogía por sorpresa, antes de que se percatase de que alguien estaba ya mirando y empezase a mostrar lo que habitualmente muestra... © Antón Rodicio 2023

domingo, 23 de abril de 2023

La misión sagrada del fotógrafo

Estamos rodeados de belleza que de tanto tenerla al alcance de los ojos se ha vuelto invisible, acaso sin haber sido vista ni una sola vez. Sobre todo aquella belleza cubierta desde el principio por el oscuro manto del tabú y la polémica.

Sólo la belleza puede salvar al mundo, y la más sagrada misión del fotógrafo en estos tiempos de emergencia planetaria e indigencia artística y espiritual, es contribuir a mostrarla. © Antón Rodicio 2023

(Compostela. Ciudad de la Cultura. Exterior del edificio del Archivo de Galicia)