Lo vi en Londres. Museo Británico, sala 62. El Papiro de Hunefer (Vitrina 24). O quizá lo mezclo y lo confundo con el que vi en Viena. La balanza. El corazón del difunto en un platillo, y en el otro, no la pluma, sino una estatuilla de Maat, la diosa de la verdad y la justicia. Anubis con cabeza de chacal calibrando la aguja del pesaje, Tot con su cálamo anotando el resultado, y el monstruo Ammit aguardando el veredicto. El corazón caerá entre sus fauces si no ha sido suficientemente puro; si superan sus costras de humanidad el peso insignificante de la efigie, la muerte será definitiva.
Ammit, la devoradora de almas, el horror. Cabeza de cocodrilo con la mandíbula entreabierta, melena y robustas patas delanteras de león, y más atrás, el lastre gravitatorio del gran mamífero del Nilo. El espanto. La razón última de por qué la humanidad se deshizo del alma ontológica y la sustituyó por el monigote de cartón piedra de la psique. Sin alma no hay corazón que pesar; sin balanza no hay fauces. Lo que nos aterraba no era el monstruo, sino el peso.
Pero el monstruo no desapareció; solamente cambió de lugar: ahora está dentro, y desde dentro lo devora todo. Míralo en el rostro descompuesto del delirio de Manhattan, manejando el cetro del mundo con la misma ligereza que si fuera un palo de golf. Míralo reflejado en el plástico de los océanos: las mismas fauces que nos vacían por dentro llenan los mares por fuera. Y míralo, sobre todo, en el fondo de las pupilas del espejo.
Nulo es el poder curativo de las imágenes arcaicas, que traen consigo su propio monstruo; nunca hubo edad de oro en los orígenes. No se trata de volver. Se trata de un alma que conserve la balanza y prescinda de la devoradora: un alma que eligió la vida que vive y no tiene, por tanto, a quién culpar de ella.
Esa alma no espera en el pasado, sino al otro lado del muro de la amnesia con que nacemos. Y no somos nosotros quienes lo derribamos: alguien, desde allí, está aflojando la argamasa.
Los griegos llamaron a la verdad alétheia: lo que no ha caído en el Lete, el río del olvido que beben las almas antes de volver a nacer. En el otro platillo estuvo siempre eso. El contrapeso del corazón es lo contrario del olvido.
Solo un alma que recuerde puede librarnos del abismo. © Antón Rodicio 2026
