sábado, 14 de febrero de 2026

Einstein en la física del alma

Aprende que la gravedad es curvatura,
y que nunca en línea recta se va lejos
en la geometría del alma.
© Antón Rodicio 2026

domingo, 8 de febrero de 2026

Aletheia y Ariadna

Aletheia no viene después de Ariadna; viene —si es que viene— necesariamente antes. Ella es la confianza básica, la experiencia de verdad no engañosa, la certeza de que el amor puede ser limpio, la prueba de que no todo es juego de máscaras. Eso crea un suelo ontológico. Sin ese suelo, el abismo mata. Con ese suelo, el abismo transforma.

Sin Aletheia, Ariadna es destructiva. Si Ariadna llega antes que Aletheia, será pura devastación, no habrá luego apertura, habrá cinismo, habrá clausura.

Primero, verdad; luego, herida; después, búsqueda. En ese orden; el único orden fecundo. Lo otro es: herida, defensa, cierre; y ahí se queda.

Si Aletheia da una experiencia previa de sentido, cuando Ariadna rompe, no aparece el nihilismo, sino la investigación. Ariadna puede funcionar en uno si uno sabe que existe algo verdadero, aunque ahora no lo vea. Y eso viene de Aletheia. Sin eso, Ariadna es sólo pérdida.

Aletheia es el logos verdadero; Ariadna, el caos revelador. El logos permite atravesar el caos; sin logos, el caos devora. © Antón Rodicio 2026

domingo, 4 de enero de 2026

De la deuda generada por el mal

En otros tiempos, cuando la religión tenía algún sentido a escala civilizatoria, el miedo a lo que uno pudiera encontrarse en el más allá —que incluso a Hamlet atemorizaba— podía actuar, hasta cierto punto, como freno frente a la falta de responsabilidad individual.

Actualmente, la religión —a ese nivel y a muchos otros— ya nada representa, y el único motivo real de responsabilidad es evitar meterse en líos que puedan llevarnos ante los tribunales de justicia humanos.

Para las personas de a pie, medianamente normales, esto suele funcionar. Pero para quienes poseen suficiente poder como para sortear esos tribunales, no hay freno posible.

Un dictador, un autócrata o un gobernante lo bastante autoritario y capaz de controlar la justicia que podría juzgarlo puede, en su ámbito, hacer prácticamente lo que le venga en gana. No es necesario recurrir a ejemplos con nombres propios.

Ahora bien, ¿qué ocurriría si —al margen de la religión, del pecado y de la niñería del premio a los buenos y el castigo a los malos— hubiese en el más allá una responsabilidad, una evaluación o alguna consecuencia por los abusos, las tropelías, las crueldades y las atrocidades cometidas a lo largo de la vida, hayan sido o no juzgadas por la justicia humana?

No me refiero a ningún tribunal, juicio o castigo.

Imaginemos, por ejemplo, que el mal cometido durante la vida tiene tal efecto sobre nuestra parte inmaterial que sobrevive a la muerte —la daña de tal manera—, que no hay otra forma de recuperarla, de sanarla, de restaurarla que volviendo aquí todas las veces que sean necesarias hasta pasar por una cantidad total de sufrimiento equivalente al causado a todos los afectados.

¿Y si esto fuese realmente así? © Antón Rodicio 2026