domingo, 23 de octubre de 2016

Este fue el camino

Lo que sigue es uno de los poemas de mi poemario “Las ruinas de la búsqueda”, recientemente publicado por la editorial La Fragua del Trovador:

Cinco siglos hace que un clérigo polaco,
sacándonos del centro, nos robó el sentido.

El camino del cosmos al caos inauguramos
con un luminoso despertar,
pero la luz no duró.
Veníamos de un tiempo donde nada
estaba explicado, pero las metáforas tenían
el poder de hacernos vivir en un universo con vida,
y el cielo no tardó en empezar a oscurecerse.

Un soldado francés
sentado al calor de una estufa desgajó
la mente del cuerpo, confinando
el alma a un grano en el cerebro.
Y luego atrapó el espacio en una malla
para que un alquimista de allende el canal unificase
manzanas y galaxias.
Un poeta de Londres, mientras tanto,
vio desaparecer, ocultarse, marchar al exilio
el alma del mundo,
y vio como el mundo quedaba convertido
en un lugar enfermo, moribundo y podrido.
Los poderes ocultos, la magia y el misterio
partieron con el alma,
ocupando su lugar la nueva diosa,
encargada de explicar, prever y calcular
en un mundo mecánico y carente
de sentido, de objetivo y de propósito.
Un acongojado francés se lamentó
de los espacios infinitos que lo ignoran,
pero un solterón alemán dictaminó
que en una capsula vivimos encerrados de manera
que nunca podremos conocer la verdadera
esencia del mundo que está fuera.
Y por si esto fuera poco, un zoólogo británico
nos hizo de la estirpe de los monos,
y un descendiente de Moisés,
completando su labor,
nos hizo ver que tampoco nuestra mente
anda lejos de la mente de la Bestia.

Y este fue el camino.
Del centro y de hijos de Dios hemos pasado
a ser una más de las especies
que habitan un pequeño planeta que da vueltas
en un rincón de un universo hostil e indiferente.
Partiendo de un tiempo de metáforas de vida,
a un tiempo de paja finalmente hemos llegado,
un tiempo que deja de lado lo esencial y vive
con la infantil ilusión de que la nueva diosa
todo lo podrá llegar a controlar.

Sombrío panorama: desterrados
del centro, en una esquina
perdidos y abocados
al eterno sinsentido y a la nada.

Un empleado suizo de hace un siglo demostró
que el centro puede estar en cualquier parte.
Pero no nos curó del desencanto,
pues sólo donde hay una consciencia puede haber
algo que redima de la nada.

Entre todas las preguntas que tenemos
pendientes de respuesta, hay una primordial:
¿dónde, cuándo y por qué y para qué
la maquinaria de la vida echó a andar?
(El por qué y el para qué a nadie importan ya;
tan sólo importa el cómo: el afán de controlar).
Di «no lo sé», pero no mezcles
en esto al azar;
di «no lo sé», pero no pretendas que el azar explique
lo que no puede explicar.

No somos casualidad, pero no sirve
que lo sepan unos pocos;
verdad de la civilización ha de ser
de modo que hasta la nueva diosa
con su estrechez de miras la pueda conocer.

¿Hay alguien ahí fuera? ¿Estamos solos?
Mientras no dejemos de ser un accidente,
no recuperaremos el sentido.
¿Hay alguien más, que habite
los lejanos espacios infinitos?
¿Hay alguien más, que habite
los cercanos espacios invisibles?

La nueva diosa se lleva muy mal con lo intangible
y siente pavor de lo cercano.
Que busque, pues, en lo lejano,
aunque sea por agujeros de gusano.

 [Una forma fácil de comprar el poemario es a través de la página web de la editorial© Antón Rodicio 2016.

viernes, 14 de octubre de 2016

"Las ruinas de la búsqueda". Presentación

Lo que viene a continuación es una versión aproximada de las palabras con las que presenté mi poemario "Las ruinas de la búsqueda" en el Paraninfo de la USC el día 13 de octubre de 2016:

Para hablar del contenido del poemario distinguiré en él tres partes, cada una correspondiente a un tema distinto. Los dos primeros atañen a la civilización en general; el tercero me atañe a mí en particular.

A) La primera parte está relacionada con la tarea de intentar recuperar el sentido del ser humano en el universo. Hace cinco siglos que la revolución copernicana nos sacó del centro del cosmos. Hasta ahí éramos la especie privilegiada de la Creación, formábamos parte esencial de los planes de Dios, habitábamos en un universo vivo y nuestro mundo tenía sentido. A partir de ahí empezó a perderlo. Y siguiendo un camino de pérdida más y más acentuada, cuyos hitos más sobresalientes son Descartes, Kant, Darwin y Freud, hemos llegado a la situación actual. El paradigma científico aún dominante (aunque lleno ya de rendijas cada vez más difíciles de tapar) nos dice que vivimos en un universo mecánico, indiferente a nosotros, carente de inteligencia, significado y finalidad, en el cual hemos aparecido por casualidad.

Evidentemente, en un paradigma así, donde el divorcio entre el interior y el exterior, entre el alma humana y el resto del cosmos es total, no se puede vivir sin caer en algún tipo de esquizofrenia. Y de esto trata uno de los poemas, en el cual se apunta una de las direcciones en que, a mi entender, debe ir la búsqueda científico-tecnológica para que sea posible empezar a recuperar el sentido.

B) La segunda parte, y la mayor en extensión, es la historia de Adán y la serpiente. No se trata del Adán bíblico, sino de un Adán creado a propósito para expresar lo que aquí se quiere expresar. El de la muerte es el mayor tabú de nuestra civilización, y también, a mi entender, la causa de muchos de sus males. Con el tema de la muerte trata esta parte.

Lo que se presenta aquí es el caso de un ser humano al que un insoportable sufrimiento interior le lleva a anhelar el fin de su vida, pero no puede suicidarse. Y no puede porque tiene, no ya la duda —como Hamlet—, sino la íntima certeza (independiente de creencias de tipo religioso) de que la existencia humana no se termina con la muerte, de modo que el poner fin voluntariamente a la vida para intentar escapar de un problema, no resuelve el problema, sino que el problema sigue con nosotros —puede que incluso agravado—, pendiente de solución.

Lo que le ocurre a este Adán es que, al igual que el otro, ha sido expulsado del Paraíso y arrojado a la noche oscura. Pero no ha sido Dios quien lo ha expulsado, sino una diosa, que aquí se identifica con Lilit, la que en la mitología hebrea es la primera mujer de Adán. Fuera del Paraíso la vida se le hace insoportable, porque lejos de la diosa su creatividad no funciona. Y sabe que la diosa jamás le permitirá volver con ella. Por eso anhela la muerte. Pero la muerte no llega y él no es capaz de proporcionársela a sí mismo.

Adán se encuentra totalmente estancado. Y para ayudarle a salir de esta situación, aparece la serpiente, la cual tampoco tiene nada que ver con la serpiente bíblica. Esta serpiente representa esa parte del alma humana que se activa cada vez que se produce un estancamiento y trata a toda costa de que nos pongamos de nuevo en marcha, de que la vida vuelva a fluir. Su forma de proceder en este caso es, por un lado y como cabía esperar, devaluar a Lilit a los ojos de Adán. Pero no se queda sólo en ese lado, digamos negativo, sino que además le ofrece a Adán filosofía y consejos, tratando de ampliar su visión de la vida para que le sea más fácil desengancharse de Lilit.

Pero es inútil: Adán no es capaz de salir de su letargo. Y la serpiente tiene que recurrir finalmente a métodos muy poco filosóficos, basados en la fuerza y las reacciones del ego. Métodos que, si bien lo alejan de Lilit, acaban de hundirlo en la desesperación. Y es desde esa desesperación, desde la que él comprende toda la profundidad de la existencia y desde donde llega al último verso del libro, que es también el primero: «Existir es la más absoluta maldición».

Evidentemente, y aunque esto ya no forma parte del contenido explícito del libro, esta desesperación pasará, y Adán proseguirá su vida. Pero la etapa con Lilit y con la serpiente será decisiva en ella, porque gracias a esa etapa se habrá reconciliado con la muerte, habrá superado el tabú. Y acaso le ayude también al lector a superarlo (si fuese necesario).

C) Y con esto llegamos ya a la última de las tres partes, la que me atañe a mí en particular. Se trata de dos poemas que abordan dos situaciones muy distintas pero con un denominador común: el de dos personas que hacia la mitad de la vida y después de haber alcanzado el éxito en sus respectivas carreras, dan un cambio radical. Y los poemas examinan su situación veinte o más años después de ese cambio.

Aparece así el caso de una monja de clausura que tomó ese camino como consecuencia de uno de estos cambios en la mitad de la vida, y que ahora, veinte años después, pide explicaciones al Crucificado de por qué no llega a la experiencia mística si hace todo lo que se supone que debe hacer para alcanzarla. Y aparece el caso de un científico materialista que dedica la segunda parte de su vida a la búsqueda de una teoría científico-matemática que le garantice que el universo no contiene otra cosa que materia. Dedica a eso treinta y cinco años y fracasa. Pero ahora, ya próximo a la muerte, una experiencia mística, en este caso no buscada ni tan siquiera imaginada, viene a redimirlo de su fracaso.

¿Y por qué me atañe esto a mí?

Hasta un determinado momento de mi vida yo era un matemático como muchos otros: enseñaba, investigaba, publicaba en revistas importantes —algunas muy importantes— y no tenía la menor duda de que eso sería lo que seguiría haciendo en exclusiva durante toda la vida. Pero no pudo ser. El abstracto y cristalino mundo platónico dejó de ser suficiente, y tuve que descender a lo concreto y acercarme al mundo del alma. Y así llegué a la mitología, la literatura, la fotografía, el arte…

No fue una decisión fácil. En realidad, no fue una decisión, sino que fue una obligación. Me resistí cuanto pude, durante años, hasta que la tensión interior se manifestó en síntomas físicos y ya no me quedó alternativa. No es fácil abandonar un mundo en el que se ha llagado a la cumbre, para ir a otro en el que se es completamente desconocido y en el que se ha de empezar todo por el principio. Desde algún punto de vista, eso no es muy diferente a morirse. Pero morirse para, en el mejor de los casos, volver a nacer. Y en ello andamos, y espero seguir dando guerra mucho tiempo.

Muchas gracias. © Antón Rodicio 2016.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

"Las ruinas de la búsqueda"


Mi poemario "Las ruinas de la búsqueda" ya está publicado y a la venta. Lo edita La Fragua del Trovador, y una forma fácil de comprarlo es a través de la página web de la editorial

A continuación transcribo la "Nota del autor" que, a modo de prefacio, lleva el libro:

«Hay ocasiones en la vida en que uno perpetra libros para no verse obligado a perpetrar cosas peores. Hay otras en que uno trata de evitar que ocurran hechos que teme que puedan ocurrir, por el neurótico recurso de anticiparlos mediante el pensamiento, el relato oral o la escritura. Hay aún otras en que uno soslaya una contribución más o menos profunda a la ciencia o a la filosofía por el procedimiento menos costoso de incorporar la idea básica a un cuento o un poema. Y hay, finalmente, otras en que uno se siente tentado a escribir para responder preguntas como la siguiente: ¿qué diría Hamlet si se encontrase por ahí a Unamuno lloriqueando ante la idea de morirse del todo?

»Algo de todo esto hay en este libro. Sobre todo de lo último. Lo que plantea Hamlet en el más famoso de sus monólogos: el del «ser o no ser», es que a veces se llega en la vida (y cuando la capacidad de sentir y de vivir es grande, es casi imposible que no se llegue), se llega, digo, a situaciones en que uno quisiera morir absolutamente (no sólo dejar de vivir, sino dejar de existir, que no es lo mismo), quisiera morir del todo y tiene la íntima seguridad de que eso no es posible, que «cerrar cuentas con uno mismo con un simple puñal» no haría más que agravar la insoportable situación en que se encuentra.

»Hablando ya de modo un poco más concreto, este es un libro de poesía narrativa, filosófica y mística que también contiene alguna alusión literaria más o menos directa. Un libro cuyas primeras versiones de los poemas fueron escritas de modo peripatético, mayormente por los soportales del otoño e invierno compostelanos (de octubre de 2014 a abril de 2015). Un libro, en fin, en el que espero que se me perdone el haber deslizado, al lado de lo serio e intemporal, alguna pincelada relativa a las circunstancias políticas del tiempo presente.

»Adán es expulsado del Paraíso a la noche oscura y en lo más profundo de la oscuridad se encuentra con la serpiente, la cual pretende ponerlo a salvo de las severas consecuencias que, sin él sospecharlo ni temerlo, para él puede tener algo derivado de su comportamiento en el Paraíso. Para conseguirlo, la serpiente acaba viéndose obligada a facilitarle una visión que lo hunde completamente en la miseria. Y para evitar que en esta situación él llegue a tomar decisiones drásticas e irreparables, relacionadas con el uso del «simple puñal», no le queda más remedio que ofrecerle una respuesta al enigma de la condición humana. Este es el tema más o menos explícito de dieciocho de los poemas del libro, entre ellos el primero y el último, los cuales conforman una unidad narrativa, que además tiene formato circular: el último verso es también el primero y el primer poema sólo se entenderá completamente después de haber leído todos los otros.

»Intercalados entre esos dieciocho hay otros seis que se pueden leer de modo totalmente independiente, pero que están relacionados con ellos porque unos y otros tratan, en el fondo, el tema de la búsqueda y sus vicisitudes y consecuencias. Entre estos seis hay, por ejemplo, uno de una monja de clausura que pide explicaciones al Crucificado de por qué no llega a la experiencia mística si hace todo lo que se supone que debe hacer para ello; hay otro de un científico materialista en que esa experiencia ocurre, sin haberla buscado, al final de su vida y lo redime de su fracaso creativo, y otro en que se glosa, sin dar nombres explícitos, el camino de la civilización occidental de Copérnico a Einstein y al momento actual, apuntando una de las direcciones en que debe ir la búsqueda si queremos recuperar el sentido que el desplazamiento de la Tierra del centro del Universo nos robó»© Antón Rodicio 2016.

jueves, 2 de junio de 2016

El tabú de la muerte

La muerte es el mayor de los tabúes del mundo actual, y la superación de ese tabú es la condición inicial e indispensable para que la vida adquiera profundidad. «La fuente de todas las miserias para el hombre no es la muerte, sino el miedo a la muerte», dice Epicteto. Y yo digo que para perderle el miedo a la muerte, hay que perderle antes el miedo a la vida. Cuando uno le ha perdido el temor a la vida, y es, por ello, capaz de vivir a fondo, sin esconderse detrás de parapetos como la prudencia, lo establecido, lo tradicional, lo políticamente correcto, lo siempre hecho y nunca cuestionado, la comodidad, la seguridad o el querer evitar a toda costa el sufrimiento, la vida acaba poniendo en su camino las situaciones que le hacen ver que la posibilidad de que la muerte fuese el final de la existencia, y que ese final estuviese, por tanto, completamente en nuestras manos sin ningún tipo de consecuencia negativa, sería, después de todo, una gran liberación.

De ese modo se supera el tabú. De ese modo uno ya ha ido, en realidad, más allá del Hamlet del «ser o no ser». Y es entonces cuando se le puede revelar el sentido, el significado y el propósito de la vida y la muerte en la totalidad de la existencia. © Antón Rodicio 2016.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Muerte y resurrección

La mayor fuente de vida es la muerte.

Cuando una etapa ha concluido y después de mucho tiempo sin querer aceptarlo la dejamos al fin marchar, cuando dejamos que muera, cuando consentimos en morir, cuando permitimos que se efectúe en nosotros la transformación regeneradora de la muerte, en ese momento es cuando la vida vuelve a brotar con toda su fuerza.

El cambio profundo, la superación de las etapas, el darse cuenta de que “eso” ya pasó…

La primavera no puede coexistir con el invierno.

¿Es la terminación del invierno lo que permite que la primavera comience, o es la llegada de la primavera lo que pone fin al invierno? Sencillamente, ocurren las dos cosas a la vez. © Antón Rodicio 2016.

domingo, 21 de febrero de 2016

Bronwyn

Un día del verano de 1966, Juan Eduardo Cirlot, poeta, crítico de arte, mitólogo y músico, conocido sobre todo por su "Diccionario de símbolos", vio en un cine de Barcelona salir de las aguas de un pantano a una muchacha celta del año mil, llamada Bronwyn. Unos meses más tarde, vio en otra película (la versión rusa de "Hamlet") a Ofelia muerta entre dos aguas, y de repente se acordó de la Bronwyn, que salía «de las mismas aguas y con las mismas flores». El impacto de la conjunción de las dos imágenes le produjo una conmoción interior que le llevó a dedicar a Bronwyn, «la que renace de las aguas», nada menos que dieciséis libros de poemas y varios artículos en los cinco años siguientes.

En la imaginación de Cirlot, Bronwyn sale del agua para hacer con su señor feudal lo que Hamlet hizo con Ofelia: mientras que Ofelia, rechazada por Hamlet, enloquece y se ahoga en las aguas de un río, Bronwyn sale de esas mismas aguas para que el señor feudal se enamore de ella y acabe perdiendo, por ese motivo, su feudo y su vida. Y dice Cirlot, conmovido, que cuando vio a Bronwyn emergiendo del pantano, «sintió que era Ofelia que volvía, y él hubiera querido ser Hamlet para pedirle perdón».

El rechazo de Hamlet a Ofelia, perturbaba fuertemente, sin duda, al mitólogo barcelonés. Consideraba que era uno de los actos más extraños realizados por un ser humano en la historia literaria, y sólo consiguió explicárselo interpretando (ver Cirlot, "Diccionario de símbolos", voz "Hamlet") el drama de Shakespeare como un mito gnóstico, según el cual la naturaleza arcangélica de Hamlet le conduce a negar a Ofelia, que es la madre misma, la materia, dentro de un mundo maldito a causa del demiurgo, el usurpador del poder del verdadero rey, el Padre.

Uno puede no estar de acuerdo con las ideas de Cirlot (yo, de hecho, no lo estoy en absoluto con esta interpretación, y en un escrito titulado «Hamlet: un hombre devorado por su madre», delineo otra que me parece más apropiada), pero difícilmente podrá no coincidir con una pregunta que al final del prólogo de "Confidencias literarias", selección de alguno de sus textos sobre creación poética, se hace Victoria Cirlot, su hija: «¿Pero  qué tuvo que padecer Cirlot para escribir una poesía como el "Ciclo Bronwyn"?». © Antón Rodicio 2016.

[En la imagen, Bronwyn (Rosemary Forsyth) emerge de las aguas en la película a la que se alude en el texto: "El señor de la guerra" (1965), de Franklin Schaffner].

jueves, 11 de febrero de 2016

De la soledad existencial

Llega un momento en la vida (suele ocurrir en torno a los cuarenta años, por decir una cifra redonda, pero a veces mucho antes) en que uno descubre lo que es la soledad. No importa que uno tenga una buena relación de pareja, tenga hijos, amigos y un buen entorno de trabajo; nada va a eximirle del encuentro con la soledad existencial. Y cuando ese encuentro se produce, caben dos alternativas: escapar o empezar a tratar con uno mismo: con el alma, con el sentido de la vida, con las cosas del espíritu. Dicho de otra manera, mantener el tabú de la muerte (que es el mayor de los tabúes del mundo actual) o abrirse a ella. Si uno escapa (y las creencias, las religiones organizadas, los gurúes y todo ese circo no son sino formas de escapar), la vida, en el sentido auténtico del término, se acaba ahí; puede que la tumba aún esté a décadas de distancia, pero lo único que puede seguir a partir del escape es futilidad, frivolidad, superficialidad, insustancialidad, vacío. La segunda mitad de la vida es en gran medida de preparación para la muerte. Es un camino con espinas, pero sólo por él se puede vivir una vida auténtica. © Antón Rodicio 2016.