domingo, 21 de junio de 2020

Cosas que se ven en las piedras

Este grupo escultórico monumental, de 30 metros de alto por 60 de largo y 35 de profundidad, ejecutado a lo largo de cientos de miles de años por las olas y los vientos del Cantábrico (en un granito de calidad excepcional, que permite un pulido casi como el del mármol), se encuentra en el cabo de Morás, en la costa de Lugo. Y ahora ya es parte de mi colección de fotografías de retablos geológicos y “cosas que se ven en las piedras”, colección que se inició y va creciendo mayormente al albur de lo que el destino me pone a veces delante de los ojos cuando voy buscando otras cosas. Pero este no fue el caso en la presente ocasión; aquí llegué a propósito y con una cierta idea de lo que iba a encontrar, aunque la realidad resultó bastante más impresionante que lo que había imaginado. © Antón Rodicio 2020.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Mementos mori

En Compostela, en la pared exterior sur de la iglesia de San Fructuoso, hay una piedra con una calavera y unas tibias en relieve, y orlándolas, la siguiente inscripción: «Como tú te ves, me vi; como tú me ves, te verás». Mementos mori de este tipo eran abundantes en otros tiempos, particularmente en el Barroco. En la basílica de San Pedro del Vaticano, por ejemplo, en la tumba de Alejandro VII, papa entre 1655 y 1667, hay uno curioso que se diría premonitorio de nuestro tiempo:


aparece allí un esqueleto que tiene la calavera tapada con una suntuosa tela, saliéndole de debajo de ella un brazo cuya mano agita un reloj de arena. En efecto, nosotros ocultamos el rostro de la muerte, convirtiéndola en el mayor tabú de nuestra civilización, pero el tiempo nos esclaviza. Y los mementos mori siguen acompañándonos. A veces, incluso en sueños. Yo, por ejemplo, tuve uno hará unos quince años en el cual aparecía sobre una mesa de mármol una calavera que semejaba recién salida de la tumba. Rezumaba humedad, le faltaban dientes y estaba ya totalmente descarnada, pero aún tenía gran parte del pelo, bastante largo y apegostrado al cráneo. A su lado había un papel con una frase que, una vez despierto, transcribí del siguiente modo:

Mírate.
Otra cosa no serás cuando cien años
–en la historia del cosmos apenas un suspiro–
atrás hayan quedado.

La muerte nos persigue desde los albores de la especie. Y, sin embargo, cuando llega el momento, cuando llega en serio, no cuando la mente trata de anticiparlo por medio del pensamiento, representa una enorme liberación y el paso a un estado del que no se quiere regresar. David Livingstone, el famoso explorador británico, por ejemplo, cuenta en su libro “Aventuras y descubrimientos en el interior de África” cómo fue atacado por un león, y cuando ya se dio por muerto entre sus garras, le sobrevino una especie de ensoñación en la que no había la menor sensación de dolor o terror, a pesar de que era totalmente consciente de lo que le estaba sucediendo. Y Carl Jung, el famoso psiquiatra y psicoanalista suizo, cuenta en su autobiografía “Recuerdos, sueños, pensamientos” que mientras estaba en parada cardíaca en el hospital después de sufrir un infarto de miocardio, vio la Tierra desde el espacio bañada en una gloriosa luz azulada, sintiendo una paz y una tranquilidad que nunca antes había sentido, y cuando iba a pasar a una estancia donde se enteraría de todo lo relacionado con el sentido de la vida, escuchó al médico diciéndole que tenía que volver, y él entonces retornó a su cuerpo a regañadientes, profundamente decepcionado por tener que hacerlo... © Antón Rodicio 2020.

miércoles, 15 de abril de 2020

Lee

Refuerza con libros las paredes de tu mente, y el temporal de la estupidez no hará nunca mella en tu morada. © Antón Rodicio 2020
(Librería Alta Acqua, Venecia, agosto de 2019)

jueves, 19 de marzo de 2020

Covid 19

Dijo Pascal que toda la desdicha de los hombres procede de su incapacidad para estarse quietos en una habitación.

Enseñó el místico español del siglo XVII Miguel de Molinos que el alma debe permanecer quieta, solamente quieta, porque Dios hará lo demás.

Declaró Valle-Inclán haberse torturado por encontrar el quicio donde hacer quieta su vida, para deducir de esa quietud su estética.

Más recientemente, millones de personas dijeron, copiando al desconocido que lo dijo por primera vez, y que acaso fuese Groucho Marx: «Paren el mundo, que me bajo».

Pues bien, el mundo ya está parado... © Antón Rodicio 2020.

jueves, 12 de marzo de 2020

Julián Gayarre y su mausoleo

Antes de convertirse en el tenor más grande de su época, Julián Gayarre fue pastor en el valle del Roncal y herrero en Lumbier y Pamplona. En esta última ciudad lo escuchó cantar el maestro Hilarión Eslava en 1865 y quedó impresionado. Tanto, que le consiguió una beca para que fuese a Madrid a tallar ese diamante sin pulir que proclamó que era su voz. Tenía Gayarre veintiún años. Durante los tres siguientes estudió en el conservatorio de la capital, y luego, gracias a una ayuda de la Diputación de Navarra, marchó a Italia a completar su formación. Y allí, el 20 de septiembre de 1869, a los cuatro meses escasos de su llegada, se produjo su debut como tenor. Fue en Varese con la ópera de Donizetti «L’elisir d’amore», y fue en unas circunstancias excepcionales. En el transcurso de la representación, unos momentos antes de salir a escena para cantar el aria «Una furtiva lacrima», recibió y leyó un telegrama con la inesperada noticia de la muerte de su madre. Y en esas condiciones cantó. Con las furtivas lágrimas asomando a sus ojos y poniendo en ella todo el sentimiento despertado por la noticia que acababa de recibir, cantó el aria como acaso nadie la había cantado ni nadie volvió a cantarla jamás. El éxito fue clamoroso.

A este triunfo de Varese siguieron otros en diversas ciudades del norte de Italia: Como, Treviso, Parma…, y en los años siguientes el éxito se extendió a toda Europa: Roma, Génova, Sevilla, Bolonia, Padua, Málaga, San Petersburgo, Moscú, Viena… Y así hasta que el 2 de enero de 1876 debutó en el más importante teatro de ópera del mundo en aquel momento: la Scala de Milán. Cantó «La favorita», de Donizetti, y el triunfo fue apoteósico. No sólo de público, sino también de crítica. Filippo Filippi, el gran crítico de la época, escribió al día siguiente que lo que la audiencia milanesa había presenciado no era el debut de un tenor, sino la consagración de un genio del canto.

A partir de ese momento Gayarre fue considerado el primer tenor del mundo. Durante la década siguiente no tuvo rival. Luego, aquejado de recurrentes enfermedades respiratorias, la voz empezó a deteriorársele. Murió en los primeros días de 1890, cuando iba a cumplir cuarenta y cinco años.


Lo que se ve en la imagen es su tumba en el cementerio de Roncal. Impresiona encontrarse con un monumento de esta categoría en el pequeño cementerio de un pueblo pirenaico. Fue encargado por la familia del tenor al escultor valenciano Mariano Benlliure, y expuesto en la Exposición Universal de París de 1900, donde resultó premiado con la medalla de honor de escultura. Según parece, la reina regente María Cristina pretendió que se instalase en Madrid al lado del Teatro Real, pero la familia de Gayarre insistió en trasladarlo a Roncal, a donde llegó en 1901. © Antón Rodicio 2020.

sábado, 1 de febrero de 2020

Construcciones para pensar

Carl Jung no tuvo, como Wittgenstein, Virginia Wolf o Bernard Shaw una “cabaña para pensar”, esto es, una pequeña construcción con cuatro paredes y tejado, apartada del mundanal ruido, a la que retirarse periódicamente para producir desde allí su obra. No, lo de Jung fue un pequeño castillo con cuatro torres, en Bollingen (Suiza), a orillas del lago de Zurich. Empezó con una sola torre de dos pisos, pero posteriormente fue añadiendo paulatinamente tres edificios laterales a la zona central. No había luz eléctrica, el agua había que extraerla manualmente de un pozo y la calefacción era a base de quemar leña en la chimenea, leña que el propio Jung, que vivía allí varios meses al año, se encargaba de cortar. Al igual que a los pensadores de las cabañas, también a Jung le fue esta construcción de vital importancia para su obra, logrando en ella gran parte de su escritura, pintura y escultura. Y en este caso tuvo adicionalmente la función de ser el lugar de encuentro y estancia con sus amantes, en particular con la más duradera de ellas: Toni Wolf. © Antón Rodicio 2020.

[La imagen proviene de algún lugar de Internet]

jueves, 24 de octubre de 2019

Sobre Freud y su mandíbula

Retrato al carbón de Freud realizado por Salvador Dalí en julio de 1938, después de visitarlo en su casa de Londres, donde ya se había exiliado.

Freud padecía desde hacía quince años un cáncer de mandíbula que lo llevaría a la tumba un año después, en septiembre de 1939.

Esa enfermedad cancerosa estuvo siempre bajó un tabú que ninguno de los biógrafos de Freud se atrevió a tocar hasta 2001, año en que Jürg Kollbrunner le dedicó su libro “Freud enfermo” (libro que junto con el de Louis Breger “Freud, el genio y sus sombras”, es el mejor que yo he leído sobre Freud).

Kollbrunner establece un nexo entre el cáncer, que siempre se había atribuido a un fuerte consumo de tabaco, y la ausencia de auténticas relaciones emocionales en la vida del padre del psicoanálisis. Ese dedo de Freud señalando en el dibujo de Dalí hacia la mejilla cancerosa, estaría inconscientemente diciendo, según Kollbrunner: «¡Ved lo que sucede cuando se va por el camino de la represión de todas las pasiones!».
© Antón Rodicio 2019.