domingo, 4 de enero de 2026

De la deuda generada por el mal

En otros tiempos, cuando la religión tenía algún sentido a escala civilizatoria, el miedo a lo que uno pudiera encontrarse en el más allá —que incluso a Hamlet atemorizaba— podía actuar, hasta cierto punto, como freno frente a la falta de responsabilidad individual.

Actualmente, la religión —a ese nivel y a muchos otros— ya nada representa, y el único motivo real de responsabilidad es evitar meterse en líos que puedan llevarnos ante los tribunales de justicia humanos.

Para las personas de a pie, medianamente normales, esto suele funcionar. Pero para quienes poseen suficiente poder como para sortear esos tribunales, no hay freno posible.

Un dictador, un autócrata o un gobernante lo bastante autoritario y capaz de controlar la justicia que podría juzgarlo puede, en su ámbito, hacer prácticamente lo que le venga en gana. No es necesario recurrir a ejemplos con nombres propios.

Ahora bien, ¿qué ocurriría si —al margen de la religión, del pecado y de la niñería del premio a los buenos y el castigo a los malos— hubiese en el más allá una responsabilidad, una evaluación o alguna consecuencia por los abusos, las tropelías, las crueldades y las atrocidades cometidas a lo largo de la vida, hayan sido o no juzgadas por la justicia humana?

No me refiero a ningún tribunal, juicio o castigo.

Imaginemos, por ejemplo, que el mal cometido durante la vida tiene tal efecto sobre nuestra parte inmaterial que sobrevive a la muerte —la daña de tal manera—, que no hay otra forma de recuperarla, de sanarla, de restaurarla que volviendo aquí todas las veces que sean necesarias hasta pasar por una cantidad total de sufrimiento equivalente al causado a todos los afectados.

¿Y si esto fuese realmente así? © Antón Rodicio 2026

No hay comentarios:

Publicar un comentario